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Espada, balanza, venda

Foto: Jonathan Evans | Reuters

Pocas alegorías hay tan redondas como Justicia. Ya en Roma, la iconografía la representaba sosteniendo por el fulcro una balanza con una mano y empuñando con la otra una espada de doble filo. Dos objetos que eran sendos atributos: la facultad de sopesar los argumentos en una causa y el poder de castigar al infractor del orden justo. Solo a partir del siglo xv es habitual el añadido de la venda en los ojos. Con ello se pone de manifiesto no que la justicia sea ciega, como se dice a veces, sino más bien lo contrario: la diosa Justicia ve perfectamente pero elige no ver. Porque la diosa se sabe, en el fondo, humana, y por lo mismo sujeta a las pasiones de la piedad y el soborno. Para evitar que esas u otra pasiones interfieran en su tarea, Justicia se priva voluntariamente de la visión: podrá pesar los hechos, pero no conocer a sus protagonistas. Hechos que pesan lo mismo en un rey que en un mendigo. La triada simbólica es perfecta: solo con espada, la justicia sería venganza; solo con balanza, sería impotente; y sin venda, el árbitro podría ser arbitrario.

Hablamos, claro, de un ideal regulativo que no se alcanza nunca. Todos los que nos hemos vendado alguna vez los ojos, con ocasión de algún juego o disfraz, sabemos que es fácil dejar alguna rendija por donde mirar o intuir el contorno de las cosas. Eso es justo lo que se pedía a la juez Lamela en la causa abierta contra el destituido gobierno catalán: que alzara con sus dedos furtivamente la venda que le cubría la mirada para dejarse guiar, no por la balanza sino por el paisaje: hacer entrar en prisión a ocho políticos independentistas, por muchos delitos que hubieran podido cometer, podía ser inconveniente en vísperas de elecciones. Pero la juez no miró, solo pesó. Su auto, por supuesto, es discutible. Pero eso no importa: nos basta con saber que no es arbitrario. Ni la balanza judicial es electrónica ni la ley es el metro de platino iridiado. La justicia lleva incorporada en su cálculo la prudencia, y la prudencia acepta que en la vida y el juzgado a veces hay más de una solución aceptable para un mismo caso. La juez Lamela hubiera podido no aplicar la prisión provisional, y lo hubiera podido fundamentar también. Pero lo que no hubiera podido hacer en ningún caso es decidir una cosa u otra en función de quiénes eran los acusados, que es lo que con tan poco recato le pedían algunos.

Fiat iustitia et pereat mundus: es un reproche lícito. Retrocedemos ante la idea de que la recta aplicación de la justicia pueda incendiar el mundo. Pero es también el reproche de quien se siente demasiado seguro de saber cual es el daño mayor. Por mi parte, confieso haber sentido vértigo también al saber de la encarcelación provisional de los acusados. Pensé, como todos, en el impacto en las elecciones de diciembre. Pero cabe preguntarse qué es más corrosivo a estas alturas: si ofrecer un agravio más a quienes hasta de una gracia hacen casus belli, o si reforzar la impresión de que al nacionalismo le salen siempre baratas las afrentas. A veces, por no hacer justicia, también perece el mundo.

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