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España 1, Inglaterra 0 (y no hablo de fútbol)

Jamás olvidaremos el pasado fin de semana. Políticamente al menos. Y cuando un joven interventor de extrema izquierda, dentro ya de varias décadas, se sienta legitimado para ponerse a interrogarnos a cada uno de nosotros, preguntándonos en qué día estamos, mientras algún asistente nos ayuda a llegar hasta la mesa electoral (porque eso ocurre cuando eres mayor, que te falla la vista, y los pies, e incluso te despistas un tanto), y no sepamos qué responderle (porque eso también te pasa cuando eres mayor, que dejas de dar importancia a minucias como si hoy es domingo o lunes, qué más dará, si no tienes que ir a trabajar ni un día ni otro), le contestaremos a ese joven interventor de ultraizquierda, tan adánico, tan igual a sus predecesores de hace unas décadas: “No sé qué día es hoy, bien es cierto, muchacho, pero recuerdo exacto aquel fin de semana del año 16”.

A finales de aquella semana acudieron a las urnas dos países miembros del restringido club de las democracias. Con disparejo resultado. El primero de ellos fue el Reino Unido, muchacho (quizá tengamos que explicarle al ultraizquierdista futuro qué era el Reino Unido antes de que se disgregara en diversos Estados, unos dentro y otros fuera de la UE, y de que la Union Jack —“ah sí, esa bandera sí que me suena”— quedara abandonada como en su día lo había hecho el pendón de Carlos V). Los ciudadanos del Reino Unido de la Gran Bretaña y del Norte de Irlanda votaron sobre si permanecer en la Unión Europea o no. Su respuesta fue negativa, sobre todo entre los ingleses, tras una campaña basada en argumentos principalmente xenófobos, tan caros al populismo. Una de las democracias más viejas del mundo parecía olvidar la aún más antigua enseñanza de Polibio: que cualquier sistema político puede funcionar bien o funcionar mal; y que cuando la democracia se despeña por las formas de argumentación demagógicas pasa de ser democracia a hundirse en mera oclocracia populista. (La democracia no es ningún Dios absoluto inmune a su descarrío, ni que hayamos de reverenciar se deprave como se deprave).

Unas 48 horas después de conocido el resultado del plebiscito británico, los españoles empezaron a votar sus elecciones generales. Todas las encuestas y analistas (no pocos ni las unas ni los otros: estaba de moda por aquel entonces el oficio de politólogo, muchacho; aunque por suerte no duró demasiado) auguraron un excelente resultado a cierta coalición. La formaban en aquella época exasesores de un tal Hugo Chávez, comunistas y anticapitalistas varios (¿te acuerdas de Pablo Iglesias, muchacho? ¿Se acordará él del día que es cuando vaya a votar hoy con su coleta canosa, si es que le queda coleta canosa?). Como buenos populistas, en aquella coalición no dejaban de repetir que ellos eran los verdaderos representantes del pueblo, de la gente, de los buenos. Que cuando tuvieran el poder harían que el miedo cambiara de bando, como si la democracia no fuera precisamente el sistema en que nadie tiene por qué tener miedo ni tenemos por qué dividirnos en “bandos” ningunos. En eso les reconocimos como populistas. De modo que mucha gente desconfió de que ellos fueran a ser sus mejores representantes y más de un millón de personas, que les había votado solo seis meses antes, les dejó de votar. Y la posibilidad de que nos gobernara el populismo a los españoles se alejó, al menos provisionalmente.

Justo por aquellos días se jugaba la Eurocopa de fútbol en Francia, muchacho. No recuerdo ya si fue una de las Eurocopas que España ganó. Pero sí recuerdo que aquel fin de semana Polibio habría estado orgulloso de los españoles y algo menos de los británicos. Sí recuerdo que nuestra democracia dio una lección antipopulista al mundo, que los ingleses no habían sabido dar. Y que desde entonces fuimos una democracia, aunque aún joven, sí un poco más adulta. Porque envejecer no siempre es malo, muchacho. Te lo digo yo, a mis noventa años. Y, ahora, te dejo, que voy a votar a Rajoy.

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