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España desde la izquierda

"La sola mención a España sigue anudando la garganta y provocando un espasmo de incomodidad en una parte de la izquierda"

Foto: RRSS

Hay una izquierda que aún traga saliva cuando pronuncia la palabra España. Hay una izquierda a la que le cuesta un mundo identificarse con un concepto –justo es reconocerlo– maleado, resignificado y rehecho por los avatares históricos que dan forma al país que hoy somos.

En términos históricos, es entendible el repliegue. Sobre todo, cuando se interpela a la generación nacida en las primeras décadas del franquismo. Es la generación adoctrinada en el sabor añejo de gestas imperiales y mitos fundacionales carentes de todo rigor histórico; los mismos materiales que siguen alimentando el nacionalismo irredento que aún hoy, por cierto, se echa a la calle en procesiones con antorchas.

La sobreabundancia de aquella España, cuya épica letra entraba con sangre en las escuelas del régimen, provocó la deserción de una izquierda que decidió encontrar consuelo en otras causas y banderas. Ese hueco fue colonizado, primero a codazos por el pensamiento conservador y esencialista. Y más tarde, con la mera ocupación del vacío dejado por quienes se sintieron alienados.

Donde no es entendible el repliegue es en generaciones nacidas ya en democracia.

Hoy todavía sufrimos las consecuencias de aquella deserción. De poco sirve recordar en trifulcas en redes, que el canto más bello a España es el que se hace desde el dolor del exilio del 39. De poco sirve recuperar discursos de los líderes de la España republicana, aquellos que, en palabras de Eugene Weber, se habían propuesto convertir a los campesinos, en españoles” como metáfora de la lucha contra el atraso a través de la Misiones Pedagógicas. De poco sirve apelar a la modernidad ilustrada con la que Azaña vinculaba patria con ciudadanía, despojando a esa España pujante, vanguardista y liberal de aquella pesada herencia de “tizona y herreruelo”.

De poco sirve, en resumen, porque la sola mención a España sigue anudando la garganta y provocando un espasmo de incomodidad en una parte de la izquierda.

Los intentos más recientes de réplica proceden de aquél Podemos todavía transversal y lleno de frescura; el que aún no se había diluido en la trampa de la melancolía ni sublimaba, como hoy hace, el indefendible derecho de autodeterminación.  Aquel que, al principio, acertó al invocar la tradición del 2 de mayo de 1808 como punto fundacional de una España unida frente al invasor extranjero, idea explotada por el propio Presidente del Gobierno Negrín en el bando republicano, cuando citaba –como el primero de sus famosos trece puntos– la preservación de la independencia y la integridad de España. A modo de curiosidad, cabe recordar que el concepto España o “españoles” aparece hasta en cuatro de los trece puntos de aquel manifiesto; y el de Estado y “nación” en cuatro más.

Con todo, si censurable fue el repliegue de la izquierda durante años, más aún lo es el afán patrimonialista de una derecha que ha usado y abusado de un concepto ya de por sí sobrecargado de broza. Una táctica repetida más tarde con la Constitución, convertida en baluarte de un nuevo conservadurismo al que, por asociación, se llega negando la mera y deseable posibilidad de cambio en una norma que corre el riesgo de petrificarse.

Por eso es saludable y necesario que haya una izquierda que se atreva a dar la batalla en este combate simbólico. Una izquierda a la que no le tiemblen las piernas cuando mencione la palabra España. Una izquierda que denuncie la apropiación indebida del término y deje de correr en pos de sustitutivos semánticos que operen como sedantes.

Una izquierda, en definitiva, que no sienta jamás, como cantó Cernuda, que su mero nombre, el nombre de España envenena sus sueños.

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