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España, momento constitucional

Foto: Chema Moya | EFE

Se nos viene apuntando los últimos meses que la Constitución española pasa por una profunda crisis que solo podrá ser superada mediante su urgente reforma. Reforma o ruptura, si se nos permite traer el dilema de la Transición.

Miren, yo no veo las cosas tan claras. Particularmente, durante el mes de octubre, comprobé con sorpresa la posibilidad de que la Constitución española de 1978 se hubiera convertido en la patria que Argüelles blandía en su famoso discurso al pueblo gaditano el día de San José de 1812. Resulta que frente al comportamiento desleal y rebelde de un poder autonómico, los ciudadanos salieron a la calle en España y Cataluña a protestar contra quienes les querían privar de sus derechos y de su modo de existencia política. Los españoles, en un movimiento casi contracultural, salieron del armario constitucional para defender su Estado y su soberanía.

¿Podría por ello permitirme el lujo de afirmar que la Constitución no requiere cambios? De ningún modo. Si me pusiera pretencioso diría que prácticamente no hay Capítulo o Título de la misma que no requiera modificaciones más o menos sustanciales.

Pero a diferencia de la visión dominante, creo que es fundamentalmente en la relación entre lo público y lo privado donde debe pensarse qué hacer como consecuencia del impacto recibido del derecho procedente de la Unión Europea y la globalización: tal derecho establece muchas limitaciones sobre cláusulas del Estado social que antes eran habilitaciones para que el poder público actuara sobre la economía y la sociedad. Como consecuencia de dichas limitaciones, la Constitución hoy ha devenido más en una norma de estabilidad que de transformación, y alguna consecuencia habrá que extraer de ello para la mejora de la garantía de los derechos y el sostenimiento racional no solo de los servicios públicos, sino de España como un espacio medioambiental en franco declive.

Reformas de este tipo deben realizarse con las luces largas, escuchando a expertos y labrando consensos. La fragmentación no es un problema, de hecho no lo fue en un periodo constituyente con mayor pluralidad partidista que la actual. La fórmula machadiana es perfectamente aplicable al método de la reforma constitucional. Ahora bien, reconozcamos que hoy tenemos un contexto de estridencia y populismo que dificulta la acción reformadora. Los que quieren ruptura buscan transformar el poder de reforma en un poder constituyente que haga una nueva Constitución para satisfacer el agón político que todos parecemos llevar dentro. Pero se mire por donde se mire, lo revolucionario hoy es una Ley Fundamental que cumple 39 años y que ha resistido la inclinación histórica y muy española de hacer Constituciones de partido, como ocurrió hasta 1931.

Creo que desde que la deslealtad institucional se precipitó en forma de golpe al Estado de Derecho en Cataluña los ciudadanos se han manifestado claramente contra esa inclinación. En el mes de octubre España quizá sufrió un momento constitucional de los teorizados por Bruce Ackerman. Momento de gran trascendencia que los partidos deberían ser capaces de detectar y que se cifra en la idea de que la patria no es un mito, sino una un entidad concreta que busca garantizar justicia intergeneracional a través de la propia Constitución. Sugiero entonces que el marco de la realización de la reforma ha cambiado: se pretendía un apaño para salir del paso en la cuestión territorial y lo que se entrevé, sin embargo, es un cambio en los objetivos que pretendían guiarla y en el sujeto que debe legitimarla. En definitiva, Dylan y su The Times They Are A-Changin’ también deberían sonar hoy en las celebraciones.

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