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España reconciliada: una nueva mirada a nuestro exilio

Foto: MANUEL CHAVES NOGALES

Estamos acostumbradísimos a leer sobre “el exilio” republicano español de 1939, sin caer en la cuenta de que ese singular es verdaderamente impreciso, pues las experiencias que se albergan bajo esa triste etiqueta son tan numerosas como las personas que se vieron obligadas a sufrirlas. Y recurro al habitual verbo “sufrir” porque la del destierro es, quién podría dudarlo, una vivencia profundamente mutiladora e indeseable, y en muchos casos fue literalmente trágica, pero en algunos otros supuso también un mal menor si lo comparamos con la situación en la que quedaron algunos de los que permanecieron en una patria ya irreconocible y ajena, pobre y sometida. En determinadas circunstancias resultó que irse, forzosa o voluntariamente, fue lo que provocó no sólo la conservación de la vida y de la libertad, sino una nueva oportunidad, un crecimiento, un estímulo para recomenzar y prosperar. Hubo personas a las que, por desgracia, el exilio destrozó inmediatamente o consumió con lentitud cruel, pero otros, los más jóvenes, o los más emprendedores, o los menos traumatizados por daños cercanos, o quienes no dejaban seres queridos en España en situación de peligro, o quienes no habían tenido suerte laboral o económica antes de la guerra… pudieron sobreponerse y reaccionar. Esto vale también para los intelectuales y artistas, y, aunque cada caso ilustra una experiencia sustancialmente distinta, parece convincente la rotundidad con la que Pedro Salinas escribía a Guillermo de Torre en 1941: “Nosotros estamos mucho mejor, mil veces mejor. Haremos o no haremos, pero tenemos lo esencial, la libertad de hacer”.

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Catálogo de la exposición en el Instituto Cervantes

La profesora Biruté Ciplijauskaité se atrevió a explicar cómo el exilio pudo llegar a ser una oportunidad estupenda para las mujeres, algo que es perfectamente obvio en un caso como el de Zenobia Camprubí (quien, al fin y al cabo, más que marchándose estaba regresando a la América de sus orígenes familiares), pero también en el de muchas otras que obtuvieron trabajos casi impensables en España, tomaron con diligencia las riendas de sus nuevas vidas familiares y se adaptaron a los cambios y a los nuevos idiomas con una rapidez que delataba, en el fondo, cierta ilusión, la alegría íntima de estar comenzando algo. Pero no hace falta llegar a los casos (probablemente excepcionales) en que la diáspora fue, finalmente, una experiencia casi positiva, sino que en otras situaciones fue, por uno u otro motivo, algo no especialmente penoso, algo llevadero. José Moreno Villa o Luis Cernuda no tenían cargas familiares y sí conservaban una enorme curiosidad vital e incluso una necesidad más o menos consciente de un cambio profundo, Fernando de los Ríos pudo acomodar a toda su familia en Estados Unidos gracias a su poder adquisitivo, Max Aub estaba muy acostumbrado a hacer las maletas y encontró en México lo más parecido a un hogar que hubo en su errática vida, Juan Larrea fue dando tumbos pero finalmente derivó hacia una conmoción casi juanramoniana en su experiencia del paisaje americano: “La vida es perfecta. Es perfecta, pase lo que pase. Y su movimiento se reduce a dos grandes alas. Amor, inteligencia”.

En determinadas circunstancias resultó que irse, forzosa o voluntariamente, fue lo que provocó no sólo la conservación de la vida y de la libertad, sino una nueva oportunidad, un crecimiento, un estímulo para recomenzar y prosperar.

A Inglaterra fueron tres de los exiliados más admirables, hombres que ya en sus años españoles habían demostrado una distinción extraordinaria. Me refiero a Alberto Jiménez Fraud, Manuel Chaves Nogales y Arturo Barea. Los tres eran hondamente antifascistas desde mucho antes de que el fascismo hubiese mostrado su peor alcance, sus peores amenazas, pero tuvieron la lucidez suficiente como para no caer en el comunismo, manteniéndose siempre fieles a convicciones democráticas y parlamentarias, de signo socialista en el caso de Barea (como ocurrió en el de Aub, acusado falazmente de comunismo, algo que le llevó a campos de internamiento en Francia y Argelia, retrasando su exilio mexicano hasta 1942, cuando muchos de sus compatriotas desterrados ya habían obtenido puestos de trabajo y se habían familiarizado con su país de destino, construyendo lentamente pequeños círculos sociales), y de corte puramente liberal y racional en el de Chaves Nogales y el ex-director de la Residencia de Estudiantes. Barea se afilió enseguida al Partido Laborista, y en ello hubo toda una declaración de principios, y en todo caso encontró en Faringdon el tiempo y la calma para por fin ponerse a escribir todo lo que debía contar, comenzando por el principio, esto es, por la infancia del primer tomo de La forja de un rebelde.

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Barea junto a su segunda esposa, la periodista y traductora austriaca Ilsa Kulcsar.

En paralelo, Max Aub afirmaría en algún lugar del ya tardío Campo Francés (1965) que “mientras no escriba todo lo que he visto no podré seguir escribiendo todo lo que imagino”, y de allí surgió El Laberinto Mágico, esa hexalogía monumental, ambiciosa y cervantina, una obra dramática que no pudo no escribir un hombre que hasta ese momento había tendido a la broma, a la mixtificación, al juego, al “fake” literario (algo que en cierto sentido llegaría a teñir su forma de abordar el tema del exilio, tanto en su libro monográfico sobre Luis Buñuel –otro exiliado muy heterodoxo– como, sobre todo, en el cuento “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco”, en el que se permite bromear sobre la fama de pesados que pudieron llegar a adquirir los exiliados españoles en determinados ámbitos mexicanos, algo sobre lo que también escribió en sus diarios ese “niño de la guerra” que fue el poeta valenciano Tomás Segovia).

Todos ellos y muchos otros dan ejemplo de modos de vivir la diáspora forzosa ya no sólo con dignidad sino con altura de miras, con energía, no sé si con optimismo en todos los casos pero desde luego con entereza.

Y mientras Barea escribía su forja y Aub su laberinto, Ramón J. Sender escribía las últimas novelas de su enealogía Crónica del alba, y con ellas el otro gran proyecto narrativo que desde el destierro se escribió sobre la guerra. Sender (aunque sería el primero en regresar de paso a España) sí era comunista, casi anarquista en realidad, y escribió su duelo en sucesivas estancias en Francia, México y, finalmente, Estados Unidos, donde consiguió echar raíces y trabajar.

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Todos ellos y muchos otros dan ejemplo de modos de vivir la diáspora forzosa ya no sólo con dignidad sino con altura de miras, con energía, no sé si con optimismo en todos los casos pero desde luego con entereza. Sender (como le ocurrió a Ramón Gaya) había perdido a su mujer por culpa de los bombardeos, pero tuvo que resistir, y lo hicieron con menos languidez que otros que, como Juan Ramón Jiménez o Benjamín Jarnés, tenían menos que lamentar, o por lo menos no habían perdido a seres tan próximos. No se trata, por supuesto, de hacer comparaciones ni emitir juicios morales de ninguna naturaleza, sino simplemente de explicar que la obligación de ausentarse de España (fuese definitiva o no) es algo que fue vivido de modos muy diferentes en cada uno de los casos, y que, por tanto, hemos de hablar de “exilios”, experiencias únicas y diferentes. Si aquel sabio humilde que fue Claudio Guillén comenzó su precioso opúsculo sobre El sol de los desterrados con aquella inolvidable frase, “Innumerables, los desterrados”, habría que afirmar, con igual convicción “Innumerables, los destierros; innumerables las formas de vivirlos y superarlos (o no)”.

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