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España, una historia personal

"España está llena de trayectorias como la mía, sin épica pero de un progreso incuestionable que solo fue posible por la democracia"

Foto: Victoriano Izquierdo | Unsplash

Nunca me imaginé escribiendo sobre España. Sobre España y en primera persona. Ahora que tantos reclaman su trozo de país, su porción de patriotismo, me sorprendo a menudo rumiando ideas y recuerdos. Intuyo que son comunes en una generación atónita de haber llegado hasta aquí y encontrarnos así.

A la reflexión que acompaña el final de una década se une ahora la conversación recurrente sobre lo que sucede en España. Y es que ningún otro asunto de nuestro país interesa tanto como la crisis territorial en Cataluña y sus consecuencias encadenadas; entre ellas, la polarización política y el desembarco de una extrema derecha que, paradójicamente, comparte con el independentismo radical su carácter excluyente y el rechazo al sistema autonómico en el que se asienta la Constitución de 1978. Ya sea por un periodista en Edimburgo o por un taxista en Lima, los españoles somos interpelados sobre una cuestión de fondo: nuestra democracia.

Se repiten las ocasiones en las que me veo explicando lo que no somos: ni una democracia devaluada ni una sociedad apegada al franquismo ni un Estado represor. Ante la impermeabilidad de algunos interlocutores por la complejidad de los argumentos, las conversaciones derivan invariablemente hacia un relato personal. Me remonto entonces a los largos periodos de infancia en un pueblo de Extremadura, a las siete horas que conducía mi padre para recorrer 300 kilómetros, a la casa de mi abuela que se calentaba con un brasero de picón, al esfuerzo de mi madre por estudiar con 29 años y tres hijas, y a la primera generación familiar –la mía– que fue a la universidad.

Consigo la máxima atención al conectar todo ello con el nombre de Franco entre mis tempranos recuerdos políticos: la muerte del generalísimo, la derrota electoral de Jimmy Carter, el golpe de Tejero y la primera victoria del PSOE. Lloré por miedo en 1975 y por pena en 1980. Lo pasé mal el 23-F porque el padre de un compañero de clase era diputado. Lo pasé muy bien la noche del 28 de octubre de 1982, mientras mis padres y sus amigos jugaban al póquer atentos al recuento.

Les explico que soy producto de la educación pública. Que una de mis hermanas fue alumna de Francisco Tomás y Valiente, asesinado por ETA el 14 de febrero de 1996, en su despacho en la Universidad Autónoma, pasadas las 10.00 de la mañana, cuando se disponía a examinar a sus alumnos. Para entonces, yo ya trabajaba en la Agencia EFE, con una beca en la sección de internacional. No he abandonado mi interés por entender el mundo y he tenido la suerte de conocerlo un poco.

Ninguna historia personal explica la totalidad de un fenómeno ni es muestra de un periodo histórico. España está llena de trayectorias como la mía, sin épica pero de un progreso incuestionable que solo fue posible por la democracia y todo lo que vino después, la entrada en Europa en primer lugar.

El discurso nacionalista de Vox en el debate electoral, el de Otegi en The Guardian o el de Torra en la Generalitat lleva implícito un desprecio al progreso individual y colectivo. Nos perturba como individuos y perturba la convivencia porque intenta dinamitar la memoria personal, la del país y la de Europa. Nos dice que no somos lo que creemos. Propone un regreso al terruño para encontrarnos a nosotros mismos. Yo no necesito volver a la casa con un solo brasero de mi abuela para reconocer todos los espacios que habitan en mí y caminar por ellos sin miedo.

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