Juan Claudio de Ramón

¡Españoles, a las cosas!

"Entonces como ahora, cedimos a la tentación solipsista de la que Ortega prevenía a los argentinos: las cuestiones personales, las suspicacias, los narcisismos, todo lo que es estéril"

Opinión

¡Españoles, a las cosas!
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

En 1939, el filósofo español José Ortega y Gasset pronunció en la argentina ciudad de La Plata una conferencia con el título de Meditación del pueblo joven. La pieza contenía una prédica que hizo fortuna y que se repite cada tanto desde entonces. Merece citarse el párrafo entero: «¡Argentinos! ¡A las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales, que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal». Si le quitamos la nata montada a la prosa de Ortega nos queda esto: «Argentinos, déjense de tonterías y ocúpense de lo importante». Es exactamente el tipo de arenga que nos convendría a los españoles, tras casi dos décadas de energía dilapidada en agotadoras guerras civiles culturales.

Comprobémoslo. Los años previos al estallido de la crisis financiera de 2008 nos pillaron discutiendo acaloradamente un pseudoproblema que aún hoy nos neurotiza: el llamado «encaje» de Cataluña en España, algo que la Constitución de 1978, un texto pactado con el catalanismo, ya había dejado resuelto de modo razonable. Todos sabíamos que pululaba a sus anchas una enorme burbuja crediticia que iba a hacer saltar por los aires la economía. Pero nuestra atención estaba fatalmente distraída y nada se hizo para amortiguar el choque. En 2020, la historia se ha repetido. Es difícil de creer, pero el mes anterior a la explosión de los contagios por coronavirus, las antenas de la opinión pública española estuvieron secuestradas por otro problema artificialmente hinchado: la reforma del Código Penal para «poner el consentimiento en el centro» de la definición de los delitos contra la libertad sexual. Pero la falta de consentimiento ya es, en la legislación vigente, el núcleo normativo de esos delitos: lo es desde hace décadas, si no más, y ha generado una cuantiosa jurisprudencia de desarrollo. Entonces como ahora, cedimos a la tentación solipsista de la que Ortega prevenía a los argentinos: las cuestiones personales, las suspicacias, los narcisismos, todo lo que es estéril. Desatendimos las cosas: eso las enfada mucho. No es que en el resto de los países las mismas crisis no hayan golpeado con parecida fuerza; pero el nuestro tiene el mal hábito de recibir a la realidad, perdonen la expresión, en pelotas, y aquejados de algún improbable trastorno facticio: confinados en el cerco estrecho de nuestras manías. Por eso, por favor, cuando salgamos de esta, salgamos también de nosotros mismos: a las cosas, españoles, a las cosas.

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