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Españoles, ¿ya no tenéis patria?

"Cuentan las crónicas que, recién aprobada la Constitución de 1812, uno de sus redactores, Agustín de Argüelles, exclamó: 'Españoles, ¡ya tenéis patria!'”

Foto: AFP | AFP

Cuentan las crónicas que, recién aprobada la Constitución gaditana de 1812, uno de sus redactores, Agustín de Argüelles, corrió exultante, texto en mano, hacia las gentes que fuera aguardaban para exclamarles: “Españoles, ¡ya tenéis patria!”.

La frase, naturalmente, no insinuaba que España no existiera antes de tal Constitución (o cualquier otra constitución), como tantos intentan hoy hacernos creer. De hecho, a Cádiz habían sido llamados representantes de los españoles, no de los daneses o los bantúes, y todo el mundo tenía claro quiénes eran unos y quiénes los otros. Además, el pueblo se acababa de alzar en armas contra un rey extranjero, francés para más señas: por lo que ya tenía cierta idea de quiénes eran los nuestros y quiénes no tanto. En suma, nadie hubiese entendido en pleno 1812 una idea tan rara como que esa España, que todos defendían, en realidad se la acabaran de inventar.

Argüelles no anunciaba, pues, nacimiento nacional alguno; simplemente recordaba a los gaditanos que esa vieja España ahora ya era de ellos y de todo el resto de españoles. “La soberanía reside esencialmente en la Nación”, afirmaba el artículo 3º de La Pepa; el país no pertenecía ya, pues, a una dinastía u otra, no podía servir ya de mera moneda de cambio entre Borbones y Bonapartes: españoles, ahora España ya es solo vuestra, ¡ya tenéis, aquí, vuestra patria!

Congratula evocar los entusiasmos primaverales de aquel 1812 durante momentos como los actuales. Momentos en los que muchos quieren dar marcha atrás y, a manera de Fernandos Séptimos redivivos, negar que toda España sea de todos los españoles. Conocemos la Historia y sabemos por qué el Desastre de 1898, los cantonalismos, los nacionalismos, los fanatismos de la II República, la dictadura de Franco, han ido minando esa idea de que España sea una patria que entre todos tenemos; una posesión por la que, como Argüelles, merezca la pena exclamar. Mas no es lugar ahora de recapitular lo sucedido en nuestros últimos 208 años. En especial porque tal vez, incluso después de rememorarlo todo, puede que nos asedie la misma inquietud: ¿por qué hay tantos que aún hoy contemplan con tanto desprecio esa patria común? Cierto es que hemos compartido toda clase de vivencias dramáticas, pero ¿acaso no le ocurre lo mismo a una Francia, a una Alemania, a una Italia, a unos Estados Unidos? ¿Por qué esa querencia españolaza hacia la autoflagelación? ¿Por qué tanta oicofobia (ese opuesto a la xenofobia que es el odio enfermizo a lo propio, según término acuñado por el recientemente fallecido Roger Scruton)? ¿Por qué no un poco más de aquel orgullo contagioso de Argüelles por lo que sí hemos hecho bien?

Contamos con la fortuna, en los últimos años, de asistir a una floración de autores que nos están explicando cómo se nos ha llegado a convencer a los españoles de lo malo que es ser español. Filósofos como Pedro Insua, ensayistas como Alberto Gil Ibáñez, Jesús Laínz o Iván Vélez, profesoras como María Elvira Roca Barea, teóricos de la Literatura como Jesús G. Maestro, junto a otros que he de cometer la descortesía de no poder enumerar, nos van dando cuenta de los modos y maneras con que, en lo concerniente a España, se nos ha ido enseñando a pensar mal y no acertar.

Ahora bien, tras tantos análisis de cómo ha ido triunfando nuestra oicofobia, acaso reste la duda de por qué esta ha prosperado tan lozana en nuestros lares. ¿Por qué tanto gritito contra España (pese a ser una de las pocas democracias plenas de la Tierra, pese a figurar en lo más alto de decenas de criterios de desarrollo, pese a tener la segunda esperanza de vida más larga del mundo)? ¿Por qué ese empeño tan insistente en intentarnos rebajar?

Creo que hay al menos tres motivos (uno psicológico, otro sociológico y un tercero político) que no deberíamos ignorar cuando contemplemos estas autohumillaciones. Pues solo así podremos combatir mejor su pesimismo.

El motivo psicológico es el más sencillo de detectar con solo mirar a nuestro derredor. Cuántos de quienes cargan todo tipo de culpas sobre España en realidad lo hacen para descargarse ellos de responsabilidades por lo que les pueda ir mal. Si mi vida es infeliz quizá ello tenga que ver conmigo; si España es una poderosa madrastra que emponzoña cuanto toca, y yo vivo bajo su cruenta égida, qué reconfortante es atribuirle a ella el pecado de mi desazón. Para estas personas, pues, el grito de Argüelles se transforma en un “¡Españoles, ya tenéis excusa (para justificar todo lo malo que os pase)!”. En Italia cunde el dicho “Piove, governo ladro!” (Llueve, ¡la culpa es del ladrón del Gobierno!); aquí muchos la traducen como si no solo el Gobierno, sino la nación misma (¡española, claro!) fuera una lluvia desgraciada que nos robase toda felicidad.

Hay un segundo motivo, sociológico, para ello. Recordemos un concepto del que ya hablamos en un artículo pasado: la noción de “opiniones lujosas”. Es decir, aquellas opiniones que solo se pueden permitir ciertas capas sociales, pues les sale bien remunerativo tenerlas, y funcionan como un símbolo de alto estatus ante los demás. Este es el caso del desprecio a tu país: en ciertas clases sociales son todo un signo de distinción. A menudo a un intelectual le resultan bien provechoso proclamar a los cuatro vientos que su país es un desastre: los demás le contemplan como si, ya solo por semejante afirmación, el que así habla fuera un dechado de autocrítica. Si tu oicofobia además te agiliza el llevarte bien con los colegas hispanófobos que tienes en una u otra región del país, tanto mejor. Al cabo, los intelectuales siempre han pretendido distinguirse de esa masa informe que jalea cosas tan tontas como los goles que mete su selección de fútbol o que confía que su país le ayude en tiempos de precariedad. Ellos están por encima de todo eso (aunque, curiosamente, a menudo cobren de un Estado que solo tiene recursos para pagarles porque existe cierta conciencia nacional de que contribuir con él es bueno, porque es el tuyo, el de España, no el tailandés).

Con todo y con eso, creo que el tercer motivo (ni psicológico ni sociológico, sino político) por el que muchos expanden el desprecio por España es el más peligroso de todos. Volvamos a Argüelles: cuando sabes que la patria es tuya, controlarás muy de cerca a los que la gobiernen, pues en el fondo solo están administrando de momento algo que no es de ellos, que ni siquiera es de la mayoría de votantes que hayan obtenido, sino de todos. Esto limita muchísimo lo que este o aquel gobernante puede hacer. Y si algo no le gusta al poderoso es que lo limiten. Por consiguiente, muchos políticos verán que instilar la oicofobia les resulta de lo más fecundo: si la gente desprecia su país, si tiene una idea deprimente de su historia, si no celebra nada propio, te dejarán hacer con tal país (y, lo que es peor, también deshacer) a tu gusto.

Desconfiemos pues de los políticos, de los politizados, de los politólogos y de cualquier intelectual que vilipendie lo español. Igual que desconfiaríamos de un timador que nos intentara convencer de que la casa en que vivimos, en el fondo, no vale gran cosa. Solo es el primer paso para comprárnosla a precio de ganga. Y, por mucho que quizá no vivas en la mejor casa posible, por mucho que tuviera goteras, u hormigas, o la fachada sea un adefesio, créeme: nunca es buena idea destruirla, o conmover sus cimientos, o dejar que te la reforme aquel que siempre la desdeñó.

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