Manuel Arias Maldonado

Espejo de votantes

Parece mentira que, después de cinco siglos, no tengamos todavía mejor manual de instrucciones para comprender la vida política que el que nos dejara Nicolás Maquiavelo.

Opinión

Espejo de votantes
Manuel Arias Maldonado

Manuel Arias Maldonado

Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y colaborador habitual en prensa y medios culturales.

Parece mentira que, después de cinco siglos, no tengamos todavía mejor manual de instrucciones para comprender la vida política que el que nos dejara Nicolás Maquiavelo. El florentino conocía el paño y no requiere demasiado esfuerzo aplicar sus observaciones -en realidad advertencias de un viejo republicano preocupado por la cosa pública- al contexto de la democracia de masas. En las democracias, los aspirantes a conquistar el poder deben prestar un atención preferente a los espectadores del drama político: los votantes que deciden con su voto. Sentada esta premisa, lo esencial no ha cambiado: todo vale para conquistar al votante. De manera que la política continúa siendo una esfera autónoma donde no rige la moral convencional; en ella encontramos una moral propia que puede confundirse fácilmente con una falta de moral. Pero es más bien una moralidad inversa: Maquiavelo anticipa a Nietzsche cuando sugiere que en la esfera política nada es bueno o malo en sí mismo, sino que un curso de acción será «bueno» o «malo» según si ayuda o perjudica al príncipe en su empeño por obtener o conservar el poder.  ¡Moralistas, no hay moral! No es que a Maquiavelo le guste la realidad que describe; es solo que prefiere hacernos partícipes de ella para que sepamos a qué atenernos.

Su descripción no ha perdido actualidad. La diferencia principal está en los medios de que se vale el príncipe: los anillos ya no vierten veneno en copas refulgentes, ni es tan común que declaremos la guerra al país vecino. Acaso la famosa disyuntiva entre ser amado y temido se haya resuelto en favor de la primera opción, con el irremediable corolario de que al amor de los tuyos le acompaña el odio de los otros. Por lo demás, en los últimos años venimos practicando con especial habilidad ese manierismo principesco que consiste en usar políticamente la moral en nombre de la democracia. Desacreditamos moralmente a los rivales a fin de situarnos en la posición privilegiada del dispensador de justicia; nuestra bondad no podrá ser atacada, pues encontrará la mejor confirmación en la maldad de los demás. Ni siquiera los procedimientos deberían frenarnos: puede ser el único remedio a la vista del bloqueo practicado por nuestros adversarios. A su manera, esto es un avance; implica una asimilación de los valores democráticos. El buen príncipe será aquel que reconozca esta realidad y la use en su provecho.

En una de las escenas de Vice, la discutible película de Adam McKay, el joven Dick Cheney pregunta a Donald Rumsfeld en el contexto de la administración Nixon cuáles son las creencias que ellos -republicanos- promueven: Rumsfeld reacciona con una carcajada que sigue oyéndose tras la puerta que ha cerrado en las narices del asesor. Sería un error deducir de aquí que las ideas no cuentan o que nuestros representantes carecen de convicciones: alguna hay. Pero a medida que se desarrolla la larga precampaña electoral española sin que sepamos quién querría hacer qué con quién, no está de más recordar que un brillante renacentista nos enseñó a contemplar la realidad política con mayor distancia de la que solemos guardar.

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