Ramon Gonzalez Ferriz

Espías

Hasta hace no mucho, todos dábamos por hecho que estábamos renunciando a parte de nuestra privacidad, pero no sabíamos hasta qué punto. La información relacionada con la NSA nos ha asustado

Opinión

Espías

Hasta hace no mucho, todos dábamos por hecho que estábamos renunciando a parte de nuestra privacidad, pero no sabíamos hasta qué punto. La información relacionada con la NSA nos ha asustado

En las sociedades democráticas hacemos concesiones constantemente: renunciamos a un poco de libertad para tener algo más de igualdad, sacrificamos algo de eficiencia para mejorar algo el bienestar, intercambiamos tiempo por dinero –o viceversa en todos los casos. Que hagamos esas concesiones no significa necesariamente que seamos conscientes de ello, ni que salgan como esperamos. Pero a pesar de todo, estos pactos son imprescindibles y sin ellos no se puede llevar una vida civilizada.

Los términos de una de estas transacciones –la que hacemos entre la privacidad y la seguridad– está ahora en crisis. (No tiene nada de raro, estos pactos son móviles y de vez en cuando dudamos de ellos, lo cual es bueno). Probablemente, hasta hace no mucho, todos dábamos por hecho que estábamos renunciando a parte de nuestra privacidad, pero no sabíamos hasta qué punto. Sin embargo, la información relacionada con la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense nos ha asustado: una cosa era que espiaran a los malos, o a los que sospechamos que pueden ser malos, pero ¿a todos? ¿Todas las conversaciones telefónicas aunque fuera solo en forma de metadatos?

Eso ha cambiado también la propia percepción de las telecomunicaciones. Si hasta hace cuatro días nos parecían el lugar en el que se podría fraguar un gran cambio político, quizá incluso revolucionario, ahora nos damos cuenta de que ha sido colonizado como casi todo lo demás por los estados y su intrusismo en todos los aspectos de la vida.

Obama ha afirmado que reequilibrará el pacto entre privacidad y seguridad, para que la primera aumente sin que la segunda, aparentemente, disminuya. Ojalá lo consiga. Pero la tensión entre ambas cosas nunca va a desaparecer. Y es bueno que no lo haga. Menos ahora cuando nuestra vida está documentada de una manera sin precedentes.

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