Ferran Caballero

Estamos en casa

“Yo no quería hacer propaganda de Hitler, y si cuento esto sé que se la voy a hacer. Pero como quiero cumplir mis deberes de informador imparcial, no tengo más remedio que contarlo”. Así empezaba Chaves Nogales su crónica titulada <strong><a href="http://grupoalmuzara.com/libro/9788415338611_ficha.pdf" target="_blank" data-saferedirecturl="https://www.google.com/url?hl=en-GB&amp;q=http://grupoalmuzara.com/libro/9788415338611_ficha.pdf&amp;source=gmail&amp;ust=1486787584480000&amp;usg=AFQjCNHulugHzm5KM0_wS8SQNE2VatXx8Q"><span style="color: #1155cc;">“¿Por qué son nazis las mujeres?”</span></a></strong>. “Uno de los más fuertes apoyos de Hitler son las mujeres, a las que precisamente Hitler ha metido en la cocina de un manotazo. «Se acabaron los derechos políticos de las mujeres -dijo el <em>Führer</em>-; no tienen nada que hacer en política; el nacionalsocialismo donde necesita a las mujeres es en el fogón o criando a los hijos». Y apenas había dicho esto, las mujeres, en las primeras elecciones que hubo, se fueron como corderitas a votar a Hitler. Ellas han sido las que le han dado su gran triunfo electoral”. Y tras preguntarse el porqué de tan sumisa actitud, sigue explicando: “Es, sencillamente, que Hitler, al mandarlas al fogón, les ofrece eso, el fogón; nada menos que el fogón. Quizá a muchas de mis lectoras se les habrá olvidado la importancia que esto tiene. Pero piensen que todas las andanzas sociales y políticas de la mujer alemana tienen esta única y exclusiva causa: que no había fogones, que no había hogares, que no había casas, que no había hombres”.</span></p>

Opinión

Estamos en casa
Ferran Caballero

Ferran Caballero

Profesor de filosofía y autor del libro "Maquiavelo para el s.XXI". "Tot ve que cau"

“Yo no quería hacer propaganda de Hitler, y si cuento esto sé que se la voy a hacer. Pero como quiero cumplir mis deberes de informador imparcial, no tengo más remedio que contarlo”. Así empezaba Chaves Nogales su crónica titulada “¿Por qué son nazis las mujeres?”. “Uno de los más fuertes apoyos de Hitler son las mujeres, a las que precisamente Hitler ha metido en la cocina de un manotazo. «Se acabaron los derechos políticos de las mujeres -dijo el Führer-; no tienen nada que hacer en política; el nacionalsocialismo donde necesita a las mujeres es en el fogón o criando a los hijos». Y apenas había dicho esto, las mujeres, en las primeras elecciones que hubo, se fueron como corderitas a votar a Hitler. Ellas han sido las que le han dado su gran triunfo electoral”. Y tras preguntarse el porqué de tan sumisa actitud, sigue explicando: “Es, sencillamente, que Hitler, al mandarlas al fogón, les ofrece eso, el fogón; nada menos que el fogón. Quizá a muchas de mis lectoras se les habrá olvidado la importancia que esto tiene. Pero piensen que todas las andanzas sociales y políticas de la mujer alemana tienen esta única y exclusiva causa: que no había fogones, que no había hogares, que no había casas, que no había hombres”.

Tampoco yo quería hacer propaganda de Le Pen, y si cuento esto sé que lo va a parecer. Pero como quiero cumplir con mis deberes, creo que debo advertir de algo: cuando el público de Le Pen grita “Estamos en casa”, le está regalando al Frente Nacional y a su líder y candidata algo que sus rivales harían muy bien en tratar de disputarle. Algo que es fundamental en democracia y que por eso no le pertenece y mucho menos en exclusiva. Le está regalando la promesa de un hogar donde el hombre y su trabajo tendrán sentido. El hogar donde residen el sentido del poder y de la propia dignidad. Nos equivocaríamos, advertía Finkelkraut, si considerásemos toda reivindicación de la derecha populista como un retorno a los años 30. Nos equivocamos, advertía Safranski, si pretendemos seguir construyendo los Estados Unidos de Europa. Nos equivocamos, en resumen, si planteamos el debate, la confrontación fundamental de la política del futuro, como una oposición entre cosmopolitismo y nacionalismo. 

 

No se puede construir un cosmopolitismo en contra del Estado donde la identidad, los valores y creencias de los ciudadanos encuentran su reconocimiento y su valor; donde sus decisiones tienen peso y donde su trabajo encuentra sentido y protección. Si el cosmopolitismo tiene que ser alternativa al peor nacionalismo, no puede ser simplemente la destrucción o menosprecio del hogar que representa el Estado Nación. Pero no se escandalicen. Ya digo que no quiero hacer propaganda de Le Pen. Hay muchos y muy buenos motivos para estar en su contra. Precisamente porque el hogar no es solo la condición de la exclusión sino también del acogimiento. Y no sé hasta qué punto puede uno menospreciarlo, y menospreciar la identidad, las fronteras y la soberanía nacional, sin despojar a los ciudadanos de su poder y dignidad y a la democracia de su sentido. Mientras no nos podáis ofrecer nada mejor, no nos quitéis una nación acogedora. 

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