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Opiniones libres de algoritmos

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Este verano lea tan solo cosas de hace más de mil años

Le propongo al lector cierto ejercicio ascético que al final le proporcionará gustoso beneficio: lea este verano solo las obras que Hans-Georg Gadamer leería

Foto: Rogier van der Weyden | Wikimedia Commons

Cuenta la anécdota que un fan se acercó al filósofo Hans-Georg Gadamer allá por la década de los 80, cuando este ya disfrutaba de cierta edad (aunque aún le quedaba: moriría en 2002 con 102 años). El admirador quiso preguntarle su opinión sobre el último ensayo de moda en los círculos culturetas alemanes. Gadamer se le volvió perplejo y le espetó: “Pero ¿acaso tengo yo pinta de haber leído nada escrito en los últimos mil años?”.

Más allá de ese lance, que se non è vero, è ben trovato, lo cierto es que Gadamer como pensador supo recordarnos algo bien fecundo. Veamos: desde el siglo XVIII, la edad de la Ilustración, se nos ha acostumbrado a contemplar la historia como si anduviera regida por una ley inexorable. La ley del progreso. Esta ley afirma que cada época es siempre mejor que la anterior; que cualquier avance que se produzca será, a largo plazo, positivo; que todo cuanto nos vayan enseñando las ciencias sobre el mundo redundará al cabo en nuestro provecho. Y que, por tanto, como diría Rimbaud, hay que ser absolutamente modernos: estar a la última en todo, sea saberes científicos, moda o literatura.

Nos consta quién fue el principal promotor de esta idea: Marie-Jean-Antoine Nicolas de Caritat, un girondino de la época de la Revolución francesa, también conocido por el nombre de su marquesado: Condorcet. Admirado por Voltaire, loado por D’Alembert, desde luego no carecía de motivos nuestro marqués para opinar así. Ni carecemos nosotros para darle la razón. Es patente que la medicina actual, por ejemplo, es preferible a la de hace cincuenta años; y albergamos la certeza de que dentro de diez años será aún más curativa que hoy. También sabemos que un ordenador funciona mucho más rápido y barato de lo que era capaz hace veinte o cinco años; e intuimos, bien razonables de nuevo, que en el futuro los procesadores resultarán aún más prodigiosos.

La esperanza de vida, los niños que abandonan la pobreza, el número de alfabetizados: todos esos indicadores, y muchos más, han gozado de un progreso indiscutible en los últimos dos siglos. Hasta aquí, pues, la idea con que Condorcet convenció a muchos, que la historia era una senda siempre ascendente por la montaña de la prosperidad humana, parece corroborarse. Steven Pinker, por ejemplo, no es sino un discípulo tardío de ese francés.

Sin embargo, el error de Condorcet no se le pasará por alto a ningún lector avisado. Quizá ni siquiera se le pasó por alto a él mismo, cuando murió como una víctima más de aquella Revolución francesa en que había cifrado sus progresistas esperanzas. Se trata de un simple error de generalización. Es cierto que el paso del tiempo nos trae abundantes progresos; no lo es, empero, que nos los traiga en todos y cada uno de los afanes humanos. O que esté garantizado el avance y no se pueda, de repente, retroceder.

Para empezar, mire cada cual a su propio cuerpo: es dudoso que dentro de sesenta o setenta años exhiba una forma mucho mejor. De igual modo, ¿estamos seguros de que el arte actual es superior al de hace unos cuantos siglos? ¿Hemos por fuerza de acatar que la moral de la gente es ahora más noble que la de épocas pasadas? ¿Tenemos sin más que convenir en que nuestros políticos son los mejores que jamás haya conocido la historia? Ni siquiera con los electrodomésticos podemos tener certidumbre de lo que aseveraba Condorcet: si usted pregunta a su técnico de lavadoras, probablemente le recomiende no tirar la que adquirió hace varios lustros, advertido de que las que pueda comprar hoy día ni durarán tanto, ni funcionarán tan eficaces como su vieja Zanussi.

Así pues, y Gadamer hizo mucho por librarnos de este hechizo condorcetiano, no necesitamos ser modernos ni estar a la última en todo. Bien podemos volver la vista atrás: no tiene por qué ocurrirnos como a la mujer de Lot. Centrándonos en la literatura: ni el fraile del monasterio medieval más floreciente, ni el magnate ferroviario con mayores querencias intelectuales, pudo disfrutar jamás de tantos clásicos como los que hoy nos proporcionarán unos pocos euros o unos cuantos clics. ¿Por qué atribularnos entonces por leer lo que cierto suplemento cultural o algún político con ganas de otorgar premios ha puesto de reciente en el candelero? Le propongo al lector cierto ejercicio ascético que, como siempre ocurre con la ascesis, al final le proporcionará gustoso beneficio: lea este verano solo las obras que Hans-Georg Gadamer leería; no se moleste en conocer nada publicado durante el último milenio.

Pongamos, verbigracia, el caso de la Biblia, donde todos sus libros superan con creces los mil años de antigüedad. Naturalmente no le recomiendo que la abra por cualquier página y aborde su lectura: puede toparse con pasajes aburridísimos en el libro de los Números que solo le aportarán lo que ya le advierte el título: cifras. Pero si le puede el sopor estival, si en algún momento siente junto a la piscina que quizá volver a ella mañana como ya hizo ayer, y como volverá a hacer al día siguiente, resulta un tanto vano, hay un texto bíblico que le vendrá de perlas: estoy hablando del Qohélet, o libro del Eclesiastés. Pocos textos más nihilistas que ese hallará usted nunca: le recordará que al final ni el amor, ni la justicia, ni la vejez suelen acabar bien. No le ofrecerá ninguna esperanza al final del camino: está usted leyendo a un sabio, no a un terapeuta. Pero, así como escuchar canciones tristes parece que alivia nuestro abatimiento, quizá también leer que nada tiene demasiado sentido le ayude a apreciar alguno.

Posiblemente usted prefiera algo más picante: permítame que le aconseje entonces otras dos obras milenarias. La primera, el Satiricón de Petronio. Se trata de un libro especialmente recomendable hoy día, en que una alianza insólita entre diputadas socialistas y candidatos de Vox coquetea con la idea de prohibir la pornografía. En el Satiricón hallará usted erotismo tan carente de toda moral que no podrá sino preguntarse qué diablos contendrían los fragmentos que los monjes medievales se negaron a copiar, dado cuán escandaloso es ya lo que sí nos trasmitieron. O quizá es que aquellos religiosos simplemente transcribieron los párrafos más subidos de tono: una de las maravillas de estudiar el pasado es captar que incluso en un convento del siglo XIII podía haber menos moralina que en cualquier sede del PSOE actual.

Otra obrita que le cerciorará de que lo LGBT existía mucho antes de los desfiles del Orgullo y de que adoptara tales siglas es el Banquete de Platón. Leerá usted ahí a un filósofo, no a un narrador como Petronio; así que se topará, sobre todo, con reflexiones. Escuchará cómo distintos comensales trataron de contestar a la pregunta con que se puede aderezar cualquier cena veraniega: ¿qué es el amor? Al final del festín, además, la cosa pasa de lo teórico a lo práctico: el valiente guerrero Alcibíades, admirado en toda Atenas por su bravura en la batalla, irrumpe en la sala para reprochar a Sócrates la indiferencia con que responde siempre a sus requiebros. ¿Sucumbirá esta vez Sócrates al cortejo del famoso militar? ¿Podrá al menos el vino tumbar su brillantez filosófica? No destriparé el final de aquel convite, tan jovial como el que cualquier noche de este verano pueda usted planear.

Tras sendas recomendaciones judía, romana y griega, consiéntame el lector que nos desplacemos ahora hacia oriente. Y hacia la poesía. Por ejemplo, zen. En este florilegio de Juan W. Bahk podrá hallar lo más granado chino, japonés y coreano, casi siempre con nuestra imprescindible marca de poseer más de mil años. Decía el poeta Tu Fu hace mil trescientos: “Yazgo en el pabellón de la ribera relajante / canto a media voz mirando el campo. / Aunque fluye el agua, no estoy afligido; / con las nubes viajeras me siento tranquilo”.

Imagine, amigo lector, disfrutar esos versos con Ella Fitzgerald cantando Summertime a la par que se oculta el sol agosteño. Es probable que a tal escena estival le acompañe cierta nostalgia; pero es dudoso que lo sea de estar leyendo la última novedad publicitada en cualquier sección cultural. Hágame caso y mantenga la regla de los mil años este verano. Empiece ahora mismo y, sí, soy consciente de ello: esta recomendación implica que usted debería dejar ahora mismo de leer este artículo. Que es al fin y al cabo, en su añoranza del remoto pasado, tan actual.

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