Antonio García Maldonado

Esther Píscore ante el coronavirus

"Mundstock no era propiamente un actor, ni cantaba bien. Pero sus ademanes elegantes, nunca estridentes, eran muy efectivos al lado de unos Les Luthiers más histriónicos y humorísticos"

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Esther Píscore ante el coronavirus
Foto: Chema Moya
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

Si la pena por el fallecimiento de alguien guarda relación directa con las risas y la felicidad que nos ha proporcionado en vida, muchos estamos de luto riguroso con la muerte de Marcos Mundstock, de Les Luthiers, a los 77 años. Tenía una voz cavernosa, de doblador de cine, como se suele decir, y a mí me recordaba a la que el actor de doblaje Arseni Corsellas (también fallecido hace pocos meses) puso, entre otros muchos, a Sean Connery en ‘El nombre de la rosa’ o a Harry Dean Stanton en ‘Paris-Texas’.

Mundstock no era propiamente un actor, ni cantaba bien. Pero sus ademanes elegantes, nunca estridentes, eran muy efectivos al lado de unos Les Luthiers más histriónicos y humorísticos. Así como para ver algunos números del resto de la banda necesito más predisposición, para escuchar los monólogos de Mundstock no me hace falta ningún ánimo: siempre encajan bien y salgo de ellos mejor de lo que entré, y por eso, desde hace años, me pongo algunas de sus actuaciones en las pausas de trabajo.

Inconfundibles son sus gestos mientras sostiene una carpeta roja y lee con la seriedad del locutor de radio que fue algunas de las experiencias y tormentos del compositor ficticio Johann Sebastian Mastropiero. Como cuando, haciendo un repaso a las supuestas sinfonías de éste, hablaba de la obra «La sílfides… y cómo prevenirla». O su actuación en aquel número en el que, junto al también añorado Daniel Rabinovich, hacían de presentadores de un programa de radio descacharrante en el que se presentaban los éxitos del grupo angloargentino London Inspection –»you are beutiful Ivonne, pero no tienes buen corasón«– y se analizaba la telenovela ‘La cieguita Adelaida’. El personaje al que interpretaba Mundstock insistía en que «yo no veo televisión», pero se sabía de memoria las tramas y se las contaba apasionado a un Rabinovich al que le costaba creer su supuesta lejanía de los culebrones.

Aún recuerdo las carcajadas concatenadas que fui soltando en el auditorio de Zaragoza durante el número ‘La balada del Séptimo Regimiento’, cuando, en 2004, fui en coche desde Málaga a ver a Les Luthiers y me volví esa misma noche. «Frente occidental de Corea, corre el año 1952. Detrás corre el 53. El 50, ya no corre. El célebre general Archibald Waving se hace cargo del Cuarto Ejército: ya arruinó tres antes. Waving llega a Way-Chu y trata de establecer campamento, pero no puede: en esa zona está prohibido acampar. Se interna en la selva camuflado con ramas y hojas: sus propios hombres tardan tres semanas en encontrarlo. Es entonces cuando pronuncia su célebre frase: si no ganamos, estamos perdidos», comenzaba muy serio Mundstock, impostando el tono de narrador bélico.

Quizá sea su «biólogo» –como llamaban a los monólogos de dos– con Rabinovich sobre la musa de la danza, Terpsícore, el que nos dejó uno de los números más populares de Les Luthiers. Al mencionarla, Rabinovich pregunta «¿quién? ¿Esther Píscore?» y Mundstock responde que no, que ha dicho que «la musa de la danza es Terpsícore», a lo que Rabinovich vuelve a insistir que «eso es lo que he dicho, Esther Píscore«. Comienza así un diálogo inverosímil en el que Rabinovich elucubra y vuela dirigiéndose al público, en un arranque de palabrería en el que se mezclan sintagmas incomprensibles e inexistentes con palabras como «piscis» o «cistitis», para desesperación de Mundstock, que renuncia a explicarle que no ha querido decir Esther Píscore.

Un número este que se representa estos días sin voluntad de humor en el panorama político y mediático de España. Porque se nos habla de Terpsícore pero se insiste en creer que el otro ha dicho Esther Píscore, sin que casi ningún intento de aclarar la realidad surta efecto en lo que es una voluntad muchas veces férrea de querer entender mal. Quienes más insisten en esta actitud, son viejos críticos del exceso de comunicación y marketing en la política, que no parecen darse cuenta de que es su mala fe al interpretar acciones y palabras lo que alimenta el exceso de aquella.

Mejor tomárselo como homenaje involuntario a Mundstock y a Les Luthiers que como uno de los peores rasgos de nuestra vida política y de nuestra conversación pública y mediática.   


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