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Estos son mis complejos

Foto: Daniel Ochoa de Olza | AP

Lo escribió hace unos días Santiago Gerchunoff en Twitter: “Hay un 97.56% de posibilidades de que una persona que utiliza la expresión “sin complejos” sea estúpida y tenga malas intenciones”. Desde hace unos años, últimos del zapaterismo, primeros de Rajoy, se ha puesto de moda en ciertos ambientes liberales y conservadores la expresión “sin complejos”. Hay en ese eufemismo, como también dijo Jorge de Palacio en El Mundo, una radicalidad que se asocia a la autenticidad; es decir, a tener la razón, por inercia, en las discusiones: el que habla sin complejos significa que algo de verdad lleva en lo que expone. Como si las posiciones moderadas o tibias fuesen ejemplo de que algo se silencia, algo se oculta, algo se calla. Una conducta que, en la época de la incontinencia verbal y de sobreexposición de nuestras ideas en internet, sugiere hipocresía.

Daniel Capó también ha escrito de este personaje. Quien habla “sin complejos” es la persona que se ampara en esa expresión para que todos toleremos sus exageraciones, sus medias verdades o sus opiniones sesgadas y con frecuencia estrambóticas. La coletilla le ofrece una inmunidad de reproche respecto de sus contrarios: es que es un outsider, un rebelde, un incomprendido. Entendedlo. Alguien que lee a intelectuales que no están bien vistos, a articulistas que dicen lo que otros callan. Con esa actitud que históricamente se asoció a la izquierda y que la derecha tomó, sobre todo desde plataformas como la de HazteOír de Arsuaga y similares, para hacerlas suyas: el inconformista, el subversivo y el que va a contracorriente son personas a las que hay que escuchar porque algo, casi por naturaleza, van a decir. El carácter imprime verdades sistemáticas.

La buscada posición de marginalidad concede un lugar de privilegio en los debates. Quien está en el margen, quien va adonde otros no acuden –normalmente por inteligencia o por vergüenza-, de manera deliberada, parte desde una extraña situación de ventaja. Esa inevitable pero más que discutible situación es aprovecha por la persona que “sin complejos” suelta su discurso. Quien no solo busca que sus estridentes opiniones sean escuchadas sino, también, sean aceptadas. La coartada de ir sin complejos no es solo un escudo para legitimar la mala intención y la estupidez pintoresca, también es una forma de que los demás me acepten, me compren, esas malas intenciones y esa estupidez tan folclórica. Es común que, cuando se ignoran los argumentos o estos se refutan, adopte el carácter de ese rebelde quinceañero incomprendido al que el mundo no ignora o discute, sino que censura y, por qué no, persigue. La superestructura contra ellos.

Lo que no quieren sospechar los “sin complejos” –quién con más complejos que aquel que advierte de que no los tiene- es que nos convienen analistas acomplejados, vecinos acomplejados, políticos acomplejados. Al menos en la manera en que ellos entienden el complejo, que es, para el resto, la complejidad. Desde un temperamento donde nos pensamos las ideas antes de comentarlas en público; desde una prudencia que es virtud en la persona y que le confiere sensación de debilidad y de duda. Algo que siempre viene bien a la hora de tomar decisiones y de emitir juicios críticos. También de cuidar eso a veces tan desdeñado y que se llama convivencia.

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