Juan Claudio de Ramón

ETA y nosotros (II)

"La liquidación del pluralismo político es un hecho que ETA puede apuntarse en su haber"

Opinión

ETA y nosotros (II)
Foto: Movistar+
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Hay algo que no he logrado viendo La línea invisible, la excelente serie de televisión que Mariano Barroso ha rodado sobre los primeros asesinatos de ETA: simpatizar con los etarras primitivos. O, por decirlo de manera más reveladora: nada en el contexto histórico que la serie recrea –la fase final de la dictadura– me llevaba a disculpar los actos de los chavales que decidieron que ETA matase. Lo que el cuerpo me pedía es que la policía, por muy franquista que fuera, los atrapara a tiempo de aplastar en su huevo a la serpiente. «Son algo peor que delincuentes, son fanáticos», dice en cierto momento el personaje de Melitón Manzanas, y sentimos que la verdad ha salido de la boca de un franquista.

Conviene aclarar que Barroso y su fantástico elenco de actores no presionan groseramente en un sentido u otro. Salvadas algunas licencias, la serie se limita a narrar lo esencial de los hechos desde los varios puntos de vista disponibles. Dos de estos hechos están claros: Francisco Javier Etxebarrieta era un alcoholizado ideológico; Melitón Manzanas, un policía que torturaba. Pero también queda claro esto: que la primera víctima mortal de ETA, un José Antonio Pardines al que el guion trata con merecida dulzura, era un gallego de un origen social más humilde que el de los desahogados hermanos Etxebarrieta: no había conflicto de clase; y que su segunda víctima, Manzanas, era un vasco de chapela no menos orgulloso de serlo que sus verdugos: tampoco había conflicto «nacional».

La serie sirve también para entender que en el origen de ETA confluyen dos mitologías: la propia del nacionalismo vasco y la de una izquierda revolucionaria y marxista. Para producir el monstruo, el mito de los orígenes se citó con el mito de la revolución: Sabino Arana es tan padre de ETA como lo es el Che Guevara, si bien es el póster del segundo el que adorna el dormitorio de los primeros etarras. En aquellos años, el mismo bebedizo envenenaba las universidades de Occidente: que bandas de parecido jaez menudearan en Alemania, Italia o Canadá legitima la sospecha de que una España democrática quizá tampoco se hubiera ahorrado el nacimiento de ETA, probablemente más hija de su época que de la dictadura. Aún hubo, y eso también la serie lo refleja, un ingrediente más: como tantos nacionalistas, Etxebarrieta era un poeta, un letraherido, un cursi: su caso recuerda de nuevo los oscuros pasadizos que conectan la poesía con la crueldad y con la muerte.

Con La línea invisible la ficción española empieza a abordar con la seriedad debida el drama del terrorismo en España. Siento por lo demás, no poder compartir la candidez con que, en su compás final, la serie se suma a la bienintencionada proclama de que, al cabo, ETA no sirvió para nada. Vaya que sí sirvió: sin la limpieza ideológica y étnica que el terrorismo ejecutó a lo largo de cuarenta años (125.000 vascos obligados al destierro) la hegemonía que hoy disfruta el nacionalismo en el País Vasco sería difícil de concebir. La liquidación del pluralismo político es un hecho que ETA puede apuntarse en su haber. Nada que no hayan explicado, en sus momentos de mayor honradez, los proverbiales recogedores de nueces.

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