Álvaro del Castaño

¡Eureka!

«Los púlpitos eran los twitters diseminadores de educación moral e información de antaño, y los colegios religiosos, los centros de formación»

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¡Eureka!
Foto: Grant Whitty| Unsplash
Álvaro del Castaño

Álvaro del Castaño

Vivo en Londres y trabajo en un banco de inversión. Soy novelista, pero mis novelas no nacen de una vocación literaria, sino de una necesidad vital. Observo la realidad con distanciamiento.

Hoy empezamos heavy metal, querido lector, citando «a pelo» a David Hume (célebre filósofo escocés del siglo XVIII):
«En la infancia de una nueva religión, los sabios e instruidos generalmente consideran que el asunto es demasiado poco importante para merecer su atención o mirada. Y cuando después, de buena gana, descubrirían la trampa para desengañar a la multitud engañada, el momento ha pasado y los documentos y testigos que podrían aclarar el asunto han desaparecido irremediablemente».
¿Se imaginan ya por dónde van los tiros?

Arranco mi artículo dominical contándoles que mientras veía recientemente una serie destinada a un público muy joven en una de las nuevas plataformas de distribución de contenido audiovisual, tuve una gran revelación (oxímoron). De ahí el «¡Eureka!» que encabeza esta columna. Revelación, por cierto, que explicaré más adelante.
Se trataba de una divertida serie cuyo clarísimo objetivo, aparte de tener éxito comercial y entretener, obviamente, era el de aleccionar al público joven en un híbrido o «refrito» de todo lo políticamente correcto y varias banderas culturales de la nueva moral mediática. Al mismo tiempo, y siempre que había oportunidad, se caricaturizaba como personalidades poco atractivas y retrógradas a los protagonistas con principios conservadores, valores tradicionales, convicciones religiosas o valores típicamente ligados al mundo rural. Ojo que no estoy juzgando la valía de unos u otros valores en este artículo, simplemente estoy constatando la realidad de las tendencias que se apreciaban en este guion en particular. Las historias contenían buenas y nobles intenciones pero siempre terminaban supurando agitprop progresista al llevar las reivindicaciones de los personajes hasta el extremismo, todo envuelto en grandes dosis de glamour, mucha gente guapa, y muy buenos guiones.
Era tan obvio el objetivo moralizador de la serie, que me forzó a profundizar en algunas preguntas que me llevaban rondando la cabeza mucho tiempo:
¿Cuál es la dinámica de este «refrito» antes citado, esta Nueva Religión y cuál es su «Iglesia»? ¿Quién es en la actualidad el gran educador del mundo? ¿Vino antes el huevo o la gallina? ¿Es decir, estas nuevas ideologías están presentes en nuestra sociedad por emanación intelectual espontánea y evolución, o han sido cuidadosamente plantadas ahí, y cultivadas para que germinen, por los Popes de la Nueva Religión?
Tradicionalmente en el mundo occidental, era la Iglesia cristiana la que, con todo su poder mediático y político, su potente carga intelectual y programática, cumplía la función de establecer los principios por los que debía regirse la moral, la sociedad, la relaciones humanas y nuestros comportamientos en general. Los púlpitos eran los twitters diseminadores de educación moral e información de antaño, y los colegios religiosos, los centros de formación. Estuviéramos de acuerdo o no con los planteamientos de la Iglesia, el tema estaba claro. Este status quo milenario lograba gran cohesión social y establecía unas bases sólidas y claras para las relaciones humanas, pero también marginaba a muchas minorías de todo tipo. Pese a todo, es incontestable afirmar que la cultura occidental surgida de estos pilares residía sobre tres sólidas bases de enorme calidad intelectual y con siglos de tradición, como son el encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma. Este cóctel de tradiciones entre la fe en el Dios de Israel, la razón filosófica de los griegos y el pensamiento jurídico romano fue la cuna de Europa. Esto no lo digo yo, sino que es una cita de Benedicto XVI ante el Reichstag alemán. También lo dijo el escritor Tertuliano en el Siglo II: «Qué tiene que ver la Academia y la Iglesia, los cristianos y los herejes, Atenas y Jerusalem?» La respuesta a esta pregunta, como bien dejaba claro el propio Tertuliano en la pregunta es que «tenía todo que ver».
Pues bien, la pregunta a formularnos en la actualidad es quién compone la Nueva Iglesia y quién es el nuevo ente moralizador de Occidente. Afrontando esta pregunta con espíritu inquisitivo, sin emitir juicios de valor, creo que en la actualidad la nueva Roma es en realidad un gran pulpo «mediático-tecnológico-político», cuyos tentáculos forman una red de intereses cruzados que se construyen sobre varios nexos entrelazados entre sí. Complicado, mucho, pero real, seguro. El primer pilar podría ser el nexo «Hollywoodiense» (que nutre de consignas morales al resto de focos de entretenimiento), donde se escribe el nuevo catecismo, con su cuerpo sacerdotal de productores y guionistas. El segundo pilar son las redes sociales, donde los púlpitos de las antiguas iglesias han sido tomados por los instagramers aleccionados en la nueva consigna. El tercer pilar son los grupos mediáticos alineados con determinados planteamientos políticos, que ejercen de colegios. Finalmente, el cuarto pilar son las grandes empresas de tecnología, que representan a la antigua curia romana. Ojo, estoy realizando una constatación empírica de hechos, que nadie vea en estas palabras una nueva teoría de la conspiración de los grandes poderes contra la sociedad o un complot de corte trumpista (ideología que por cierto – y esto sí es un juicio de valor – detesto). Yo simplemente observo que hemos sustituido a pensadores de la magnitud de Platón, Jesús, Séneca y San Agustín por unos desconocidos a los que abrimos las puertas de nuestras casas y de nuestras familias de par en par, cuyas agendas programáticas carecen de nuestro control y cuya calidad intelectual está por evaluar.
En el pasado se podía elegir (con mayor o menor éxito, y con mayor o menor riesgo) renegar de los clásicos griegos y romanos y de la Iglesia, y  no recibir una educación al uso. Estaba muy claro contra qué dogmas y doctrinas los valientes disidentes tenían que luchar. Los revolucionarios sabían contra qué dogma enfrentarse y en qué campo de batalla. Sin embrago, ahora, los disidentes contra la papilla mediática de la Nueva Iglesia no pueden rebelarse, no saben a lo que no-unirse. El pulpo esta omnipresente.
Los jóvenes están sometidos al influjo imparable de 24 horas al día de redes sociales y de televisión a la carta vía las plataformas de streaming. Están siendo educados y manipulados – termino correctamente elegido, puesto que no hay consentimiento – por gente que no conocemos, gente en la que no hemos delegado esta función educativa, cuya agenda política parece ser extremadamente marcada, y que representa a una élite muy particular. Nuestros hijos beben de las pozas turbias de las redes sociales donde el odio y el bullying impera. Escasos jóvenes leen libros de calidad, y su educación en los colegios es cada vez más pobre (pues se iguala por abajo). Pocos se instruyen intelectualmente vía lecturas de variado color, y casi ninguno lee a los creadores de opinión de diferente signo político en los periódicos. Recordemos lo que decía el filósofo americano Terence McKenna (pero sustituyamos en la cita «televisión» por «redes sociales y plataformas de streaming»): «La televisión es por naturaleza la droga dominante por excelencia. El control del contenido, la uniformidad y repetibilidad del contenido lo convierten inevitablemente en una herramienta de coerción, lavado de cerebro y manipulación».
Ademas, recordemos que el credo de la Nueva Iglesia exige sumisión absoluta, y tiene su propia Inquisición bajo peligro de excomunión, ahora llamada «cancelación». Esta es una curiosa fe interseccional, un «Esperanto» compuesto de todo lo políticamente correcto, aglutinando de manera selectiva los extremos menos interesantes de un mix de banderas sociales progres (muchas de las cuales, por cierto, tienen todo mi apoyo personal en sus denuncias, pero no en sus formas y casi nunca, en sus conclusiones; recordemos que como dice mi compañero en The Objective, Miguel Angel Quintana Paz, «el progre acostumbra a extraer conclusiones equivocadas»).
Me temo que las generaciones más libres y privilegiadas de la historia podrían sufrir una regresión en su fortaleza intelectual, y serían más manipulables que sus antepasados.
Termino citando a Voltaire, «es difícil liberar a los necios de las cadenas que veneran». Tomemos nota.

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