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Europa en la peluquería

Foto: ERIC VIDAL

Un sondeo reciente registra un modesto apoyo entre los europeos a la propuesta de Martin Schulz de crear los Estados Unidos de Europa en el no tan lejano año 2025. Así, casi un tercio de alemanes aprueban la invitación a completar la federalización del continente. En Francia son uno de cada cuatro los ciudadanos que respaldan la idea, que obtiene un apoyo decreciente en el resto de países, hasta llegar al Reino Unido, donde solo un diez por ciento de los británicos ve mérito a la propuesta del líder socialdemócrata alemán. Es una pena que los encuestadores no cayeran por nuestro país: habríamos tenido un indicio del nivel en que ha dejado la crisis el tradicional euroentusiasmo de los españoles.

Si bien Schulz es un sincero europeísta, es probable que su propuesta no haya sido más que la levadura retórica con que elevar la moral de su partido, resignado a ser, si no fracasa la negociación en curso, segundo violín de nuevo en la orquesta de Angela Merkel. Resulta curioso, en todo caso, que 2016 terminara con Le Pen ante portas y el presagio del fin del sueño europeo, y 2017 cierre con el bando de una nueva convención continental. Un pulso ciclotímico, al albur de las lizas electorales, que hace a Europa comparable a ese cliente que entra en una peluquería pero que, ya en el sillón y con la capa al cuello, se siente incapaz de explicar qué tipo de corte desea.

Esta indecisión se debe en parte al fin de la ambigüedad que acompañó desde el inicio al proyecto europeo, y cuyo final no es ajeno al retoñar de nacionalismos que padece el continente. Hasta ahora las viejas naciones han podido convivir con la incipiente federación europea. Hoy cunde la sospecha de que el binomio ya no es mantenible, y que optar por una mayor integración supone de un modo u otro llevar a la casa de empeños ese viejo y venerable artefacto en el que los europeos han vivido más de dos siglos: el Estado-nación. Incluso los que somos europeístas debemos parar a meditar un minuto lo que esto significa y entender el vértigo que muchos ciudadanos experimentan al desasirse del que fue durante tanto tiempo su cuerpo político de referencia. Al fin y al cabo, como explica Pierre Manent, agudo filósofo político francés, heredero de Aron y de Tocqueville, el Estado-nación, que hoy vemos como protagonista de un pasado culpable, es también la forma política que logró hibridar para un mayor número de personas los dos polos que mantienen tensionada la democracia liberal: consentimiento y comunidad. Por comunidad vale entender nación y, si hay algo que Estados Unidos es y Europa no o aún no, es una nación. ¿Es posible democracia sin nación? De otro modo: ¿es posible una democracia procedimental despegada de un ethos comunitario? ¿O hemos de saber esperar a que se fortalezca la comunidad entre europeos para dar más pasos hacia la unión? Son preguntas que hacerse antes de cambiar definitivamente de look, incluso en presencia de riesgos geopolíticos apremiantes. Europa, la gran creadora de formas políticas, tiene acaso su Sonderweg, su camino especial. El continente que inventó el Estado-nación sabe intuitivamente que su futuro pasa por aprender, en un nuevo gesto de creatividad histórica, a vivir sin él; aceptar, en feliz síntesis de José Areilza, que el Estado-nación europeo ha mutado en Estado-miembro. Y no conviene forzar ni violentar ese aprendizaje.

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