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Europa y el análisis espectral de la sangre

Foto: Trude Fleischmann | Wikimedia Commons

En su autobiografía titulada The Turning Point, publicada por primera vez en Nueva York, en plena guerra mundial, en 1942, el hijo díscolo de Thomas Mann, Klaus Mann, que décadas después, ya sin la sombra imponente y masacrante de su famoso padre, sería reivindicado como el gran escritor que fue, dejaría reflejadas numerosas páginas que tenían que ver con  su incondicional y encendido amor por Europa. Un amor que entonces compartían casi fanáticamente todos aquellos intelectuales liberales, previamente aligerados de la perversa y no poco común atracción por totalitarismos, a un lado y otro, que triunfaban en la época cual sopranos de moda en la Wiener Staatsoper.

Intelectuales que más tarde sucumbirían, muchas veces por suicidio, como fue el caso de Klaus Mann en Cannes o Stefan Zweig en Persépolis, en un Brasil que lo había recibido con los brazos abiertos pero que no había logrado acallar la desesperación que arrastraba desde su huida de una vieja e irreconocible Europa regresada, de forma suicida e irracional, a los tiempos de Cromagnon. Rodeados de brutales e iluminados pangermanistas o paneslavos, de fieros y altivos patriotas italianos o húngaros, los únicos que entonces se declaraban apasionados eurófilos y creían fervientemente en aquella idea transnacional, de refinamiento moral y humanista de Europa, eran estos intelectuales (al noventa por ciento judíos, como decía Zweig en sus memorias El mundo de ayer) que en señal de agradecimiento poco después serían liquidados y aniquilados de raíz. O casi.

 

El drama europeo se cumple de forma dialéctica: cada energía y tendencia provoca su opuesto

 

Así lo expresaba Klaus Mann, a finales de los años veinte, acercándose a una década que pocos de ellos podían vislumbrar aún con la ferocidad que el tiempo y la historia se encargaría de dotar: “¡Europa! Estas tres sílabas se convirtieron para mí en el compendio de todo lo bello, de lo deseable, el impulso y la inspiración, mi credo político, mi postulado moral (…) En la Hélade siempre se ha hallado el élan vital, el nerviosismo creador, el nacimiento del individuo (…) El mundo bárbaro persevera en su rígida monotonía; pero Occidente se transforma, cambia, crece, absorbe siempre nuevos ritmos e ideas, rejuvenece su propia sustancia a través de infinitas metamorfosis y aventuras”. Un entusiasmo, todo hay que decirlo, propio de alguien que tenía entonces veintipocos años y que, aunque percibía la presencia de sombras inquietantes en el horizonte, no por ello dejaba de elogiar, o desear más bien, la imparable “marcha triunfal del genio europeo”. También el hallazgo milagroso y cíclico de “antídotos” que detendrían los males y venenos que no cesaban de reproducirse por doquier: “No obstante todo, la historia de los delitos de Europa –su sangrienta crónica de guerras y conquistas, de asesinatos en masa, de avidez, de hipocresía- es la historia de su desarrollo mismo (…) El drama europeo se cumple de forma dialéctica: cada energía y tendencia provoca su opuesto (…) Infinitas tensiones y explosiones han impedido temporalmente y a veces paralizado el progreso de la civilización; pero con tenaz vitalidad el continente se ha vuelto siempre a levantar, como el ave fénix, renaciendo de las ruinas y de la cenizas de catástrofes casi mortales”.

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Stefan y Lotte Zweig. | Foto: Acervo CSZ Universidad de Salford

 

Europa, en efecto, nunca ha estado exenta de esa oscura tendencia a reproducir ruinas y catástrofes periódicamente, de forma suicida. Sobresaltos, guerras fratricidas, conflictos étnicos y religiosos, apropiaciones de amplias zonas por la fuerza, tentaciones totalitarias y despóticas, ¿tendría que ser distinto ahora? ¿Nos libraremos gracias a esos milagrosos antídotos de los que hablaba Klaus Mann? Europa es un proceso aún abierto, jamás totalmente cerrado, que ha facilitado más de una vez, con el paso de generaciones olvidadizas y con la ayuda siempre renovada de ideólogos manipuladores e inmorales, la reaparición de viejos demonios tras lo que fue el más esperanzador y sensato proyecto creado tras la Segunda Guerra Mundial, aparte de la Organización de Naciones Unidas: la Unión Europea. Movimientos ultranacionalistas de arrogante desprecio por lo europeo; populismos convertidos en factorías insomnes y tenaces de intoxicaciones ambientales de todo tipo; violentos grupos xenófobos que se sitúan en un orgulloso y desafiante “más allá de la ley” y de toda advertencia llegada de las más altas instancias; antisemitismos de nuevo muy extendidos y reeditados de forma cada vez más amenazadora, gracias al radicalismo islámico y a la extrema izquierda o, en ocasiones, a la izquierdas sin más… Nada lleva a sentirse optimistas.

Europa nunca ha estado exenta de esa oscura tendencia a reproducir ruinas y catástrofes periódicamente, de forma suicida.

Custodiada de forma mecánica y diligente por una Babel de traductores parlamentarios y otros tantos cientos de funcionarios y representantes políticos que han cuidado de mantener en vida, alejada de los ciudadanos, la débil llama de la ilusión europea, o su romántico espejismo, como aquellos alquimistas del callejón de Praga de Kafka que cuidaban de que el sueño y empeño de sus fórmulas áureas no se apagara jamás, así, esta desvalida y arrinconada palabra, Europa, ausente en tantos y tantos imaginarios de nuestros contemporáneos, ha demostrado ser sin embargo el último bastión a derribar, una vez más, por la barbarie. Por esos bárbaros, como en el poema de Cavafis, o en la novela de Dino Buzzati, siempre a las puertas, siempre al acecho, que dependiendo de las épocas van tomando diferentes ropajes y denominaciones, a izquierda y derecha del tablero. Y opciones, que vuelven a ser reales: devenir en totalitarismos puros y duros; alcanzar mayorías absolutas por parte de populismos cuyo único anhelo y empeño es descreditar y luego abalanzarse sobre democracias bajas de defensas; o bien, llevar a cabo la construcción de voraces nacional-racismos obsesionados en resucitar las leyes raciales de los años 30 del pasado siglo. Leyes y mesianismos hitlerianos que tienen como objeto, de nuevo, perseguir hasta el final de los tiempos al “diferente”, al que no pueda acreditar debidamente su pureza de sangre.

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El escritor Klaus Mann en su habitación de un hotel en Berlín, mientras es entrevistado por el periodista estadounidense Rias Berlín. | Foto: AP

Porque en un primer paso se declarará no determinante la raza y sólo se exigirá sumisión absoluta ideológica. Luego vendrá, como en la época del nacionalsocialismo, el examen escrupuloso, al escalpelo, de los famosos “cuatro abuelos”. Ya lo decía la magnífica escritora alemana Ilse Aichinger, hija de un matrimonio mixto, de una judía y un ario, en su impresionante libro, o memorias transmutadas de infancia, La esperanza más grande, de 1948: la pequeña protagonista, Ellen, sólo puede jugar con los niños que han ido echando de todas partes y comparten con ella el mismo o parecido “pecado de sus abuelos”. Es decir, de dos, tres o cuatro de ellos “incorrectos”, que son los causantes de todo. Niños a los que, por ejemplo, les han prohibido subir al tiovivo. Un arduo y absurdo trabajo europeo este de buscar la pureza incontestable de raíces y orígenes, como diría con ironía en 1934 el gran escritor, igualmente opositor al nazismo, Ödön von Horváth, autor de una espléndida novela, Juventud sin Dios, ambientada en el mundo de las infames escuelas del Tercer Reich:   “Soy la típica mezcla de la monarquía austrohúngara, que en paz descanse: al mismo tiempo húngaro, croata, eslovaco, alemán, checo y si empezara a husmear entre mis antepasados y a someter mi sangre al análisis –una ciencia muy de moda hoy en día entre los nacionalistas- encontrarían allí, como en el cauce de un río, rastros de sangre rumana, armenia y quizá gitana y judía. Yo, sin embargo, no reconozco esta ciencia del análisis espectral de la sangre (…) un análisis que se lleva a cabo preferiblemente de forma espectacular y primitiva, con cuchillo y pistola”.

 

 

 

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