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Europeos contra la nostalgia

Foto: Fabrizio Bensch | Reuters

“¿Qué tenéis contra la nostalgia?”, se preguntaba en un monólogo sobreactuado uno de los personajes de la película La gran belleza. Y aducía ante su audiencia con gesto contrito: “es lo único que nos queda a los que no tenemos esperanza en el futuro”. Hay un breve silencio en el que el personaje espera angustiado sin abrir la boca la reacción del público. Estallan los aplausos y vítores, y el personaje queda liberado del esfuerzo y la frustración tras ser al fin un dramaturgo de éxito, objetivo que lo había llevado hasta Roma siendo un estudiante. Cumplido su anhelo, vuelve al pueblo. Se ha deshecho de angustias existenciales y de algún amor no correspondido. Ahora es libre y se dispone a comenzar otra etapa. De madurez, sino fuera porque la madurez le ha pillado más cerca de los 60 que de los 30.

Europa vive un momento y una paradoja similares a la de este personaje memorable. Tiene un sueño, lo identifica, pero es incapaz de alcanzarlo. La frustración comunitaria que eso conlleva –unida a la incertidumbre generada por la globalización, la crisis económica y el cambio tecnológico– lleva a la nostalgia, y la nostalgia tiene una derivación política reaccionaria en forma de variopintos frentes nacionales que reclaman la vuelta de la frontera como bálsamo contra todos los males. De modo que, si en lo personal, y siguiendo el parlamento del personaje en su monólogo, “no hay nada que reprochar a la nostalgia”, su uso político ha sido tremendamente perjudicial para el sueño comunitario y para los que debemos creer en un futuro. Y la contradicción reside en el hecho de que es la propia nostalgia la que impide o retrasa el federalismo europeo y la unión política que mejor podría lidiar con los problemas que la producen.

Precisamente por eso Europa es necesaria: no porque las carencias y malestares que nos angustian deban ser asumidas como inevitables, sino porque el de la UE es el único proyecto con el que hacerles frente en un mundo al que le importa poco si nos recreamos en nuestra grandeza pasada, mirando con aire de dandi el Coliseo echado en una tumbona. Las proyecciones indican que el número de habitantes en Europa decrecerá hasta los 646 millones (incluida Rusia) a finales de siglo, mientras que los de Nigeria superarán los 752 millones. En Asia vivirán unos 4.890 millones por las mismas fechas. En este contexto, cualquier pulsión disgregadora, por más barniz europeísta que utilice para presentarse, sólo alimenta esa nostalgia reaccionaria e impide la unión política con la que podemos competir y defender el modelo ilustrado del bienestar europeo y, de paso, hacerlo atractivo para otras partes del mundo, que es otra forma de protegerlo.

El reto de la Unión Europea es generar comunidad, romper ese círculo vicioso de la frustración, la nostalgia y la queja por la falta de un orden global que proporcione un mínimo de seguridad y certidumbre económica y afectiva. El demos de la construcción es socialdemócrata o democristiano, y en cuanto se ha impuesto una lógica distinta al bienestarismo –que podemos llamar austericida, neoliberal, o tendente a ella más bien, pues la protección, pese a todo, ha seguido siendo la más alta del mundo–, la reacción ha sido igual de patológica: populista, anti-intelectual, simplificadora, reaccionaria, de un signo o de otro, típicamente europea pero enfáticamente antieuropeísta, pues el sueño comunitario nace precisamente para hacerles frente, escarmentado por dos guerras mundiales fruto de nacionalismos y fascismos de distinto pelaje.

Decía Felipe González que, estando dentro, no sabía muy bien qué significaba ser europeo, pero que cuando salía de la UE lo tenía clarísimo. Me ocurre algo parecido, y sólo hay que dar un somero repaso a cualquier sección internacional de un diario generalista para razonar que vivimos, pese a todo, en el lugar con mayores cotas de estabilidad y bienestar del mundo, y con algún pálido pero reconocible programa común de lo que queremos ser o seguir siendo. Entiendo que cierta protección y seguridad es innegociable, y que en el momento en que desde la propia UE eso se ha cuestionado, el afecto hacia proyecto comunitario se ha resentido. Pero la solución no es la vuelta a la frontera, sino ese mantra que no por repetido deja de ser menos cierto: más Europa.

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