THE OBJECTIVE
Joaquín Jesús Sánchez

Examen de conciencia

«Se ve que uno puede cometer todos los crímenes de este mundo, pero tendrá el favor de los santos varones si pone en el programa electoral que está contra el aborto, la eutanasia y que no lo llamen matrimonio»

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Lo confieso: de cuando en cuando escarbo en el vertedero mediático de la ultraderecha. Muchos vídeos de García Serrano y algún canapé de la fosa séptica esa de Negre. Uno se entera de cosas fabulosas en estos sitios. Por ejemplo, que son catoliquísimos todos: la misa de los domingos va en el mismo pack estético que la gomina y alguno se persignará porque le conjunta con el polo de spagnolo.

Hay grandes hijosdeputa que se han aferrado a la cruz para justificar la espada, arribistas que se mearían en la sangre de los mártires si eso les conviniese. En fin, esas marquesas de mantilla el jueves santo y patada en el culo a la criada. Ninguna novedad, oiga. Lo que sí me ha sorprendido es que los amigos «constitucionalistas» tengan entre sus habituales un batallón ensotanado, señores ungidos con los santos óleos que por la mañana te predican el amor al prójimo y por la tarde hostigan a los menas. Cristo compartía mesa con publicanos y pecadores, porque el Reino de Dios ha de ser predicado a los descarriados y a los pequeños. Ellos comparten plantel con una señora que acusa al muchacho que se abrazó a la cooperante de Cruz Roja de querer meterle la cara entre las tetas. Es osado, porque el único pasaje de los evangelios en que se esboza el juicio final es aquel de «tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me asististeis, en la cárcel y vinisteis a visitarme».

Se ve que uno puede cometer todos los crímenes de este mundo, pero tendrá el favor de los santos varones si pone en el programa electoral que está contra el aborto, la eutanasia y que no lo llamen matrimonio. Al samaritano que le frían un paraguas, que aquí hemos venido para defender la reserva espiritual de Occidente, sea lo que sea eso; y a que nos traten de usted y nos llamen pater.

Hay algo profundamente despreciable, algo hediondo y repugnante, en aquellos que no respetan el dolor ajeno, en quienes lo minimizan o lo desdeñan, cuando no lo festejan. Es un tufillo de putrefacción, como de cadaverina, que les sale por la boca al mismo tiempo que sus rebuznos. Ese olor es muy pegajoso, y una vez se te mete en las ropas se te queda en las carnes.

No se va, por mucho incienso que enciendas.

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