Juan Claudio de Ramón

Experiencia del desastre

La resistencia a adoptar medidas contra los efectos del cambio climático se debe a que pertenecemos a una generación que carece de experiencia del desastre

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Experiencia del desastre
Foto: Matilde Campodonico
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

Nuestra resistencia a adoptar medidas eficaces contra los efectos del cambio climático podría deberse, entre otras razones, a esto: pertenecemos a una generación que carece de experiencia del desastre. También, incluso, de su memoria. Hubo una promoción de europeos, en cambio, que hubo de aprender en carne propia qué se siente al abrirse el suelo bajo los pies. En 1918, tras el primer armageddon bélico, el poeta francés Paul Valéry describió con bellas palabras la repentina sabiduría epifánica que sigue a una hecatombe: «Nosotras, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales; habíamos oído ha­blar de mundos completamente desaparecidos, de imperios idos a pique […] inmensos navios que estuvieron cargados de riqueza y de ingenio. No podíamos contarlos. Esos naufragios, al fin y al cabo, no eran asunto nuestro […] Y vemos ahora que el abismo de la historia es suficien­te para el mundo entero. Sentimos que una civilización tiene la misma fragilidad que una vida».

Por eso siempre he sido escéptico en cuanto a las posibilidades reales de que con nuestras acciones vayamos a prevenir una catástrofe ecológica. O, por mejor decir, necesitaremos una catástrofe para evitar las siguientes, como se necesitó un Hiroshima para aprender a no jugar con armas nucleares. Lo sintetiza con brillantez uno de los mayores expertos españoles en políticas del medio ambiente, Manuel Arias Maldonado: «No se conoce ninguna sociedad que haya reducido voluntariamente su grado de complejidad». Otra cosa es que nos veamos obligados a hacerlo por una crisis que, como dice Valéry, no será asunto nuestro hasta que se produzca. ¡Eso si se produce! Objeta, cachazudo, el sector escéptico. Cierto: no sabemos si el cambio climático traerá una segura extinción o solo unas contrariedades climáticas a las que podremos, técnica mediante, irnos adaptando. En todo caso, es un tópico en esta conversación, invocar el argumento de Pascal, según el cual lo racional sería apostar por la existencia de Dios aunque este no existiera. Si finalmente existe, se gana la salvación; si no existe, no se ha perdido nada. De igual manera, si finalmente la catástrofe ecológica no se produce, al menos habremos mejorado las condiciones de habitabilidad del planeta, un objetivo loable por sí mismo. No sabremos entonces si los escépticos tenían razón o si acaso la raza humana ha aprendido a prevenir los desastres sin necesidad de hundirse en la oscuridad antes.

 

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