Antonio García Maldonado

Exploradores de los confines de la vida

«La soledad y el sufrimiento ante la muerte de los más mayores debe impulsar cambios en la forma que tratamos esa etapa de la vida, aunque sólo sea porque, en el mejor de los casos, llegaremos a ella»

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Exploradores de los confines de la vida
Foto: EMILIO MORENATTI| AP
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

Con los rebrotes veraniegos del coronavirus ha vuelto a ponerse de manifiesto el «conflicto de intereses» generacional que la pandemia provoca. Los jóvenes –o muchísimos jóvenes–, inmunes de facto a los cuadros clínicos graves, y presos de pulsiones propias de la edad, no parecen dispuestos a renunciar a una etapa en la que las causas y los efectos solo existen si afectan aquí y ahora a nuestra vida. Y no suele ser el caso de la Covid-19, de ahí que haya entre ellos gran despreocupación y hayan salido a la calle como si nada. Aproximadamente el 70% de los nuevos contagios son en menores de 30 años. Pero es ocioso hacer una crítica general a las generaciones más jóvenes y apelar a una responsabilidad que sólo con mucha dificultad y bajo amenazas de multas ha costado ejercer a muchos de sus mayores.

Cuando en Estados Unidos comenzó a hablarse de la conveniencia de confinar ciudades y estados, el vicegobernador de Texas planteó su preferencia por la economía, aunque eso supusiera la muerte de los más mayores, a los que pedía «jugarse la supervivencia a cambio de mantener Estados Unidos tal y como es para sus hijos y sus nietos». Ni siquiera apelaba al argumento médico de la inmunidad de rebaño que habían hecho otros, sino que directamente sostenía que el objetivo debía ser la economía, y los soldados y las bajas debían ser los más mayores, en una suerte de guerra inversa, donde por fin los más jóvenes serían la retaguardia. La propuesta del vicegobernador, en su crudeza, revelaba una realidad que los truculentos episodios de las residencias no ha hecho más que evidenciar de forma extrema, pero que ya estaba presente antes: no sabemos cómo considerar ni qué hacer con la vejez.

Porque, al igual que la muerte es aquello que ocurre a otros, creemos estar vacunados contra el deterioro. Las renovadas esperanzas médicas de rejuvenecimiento y el transhumanismo –o incluso la fantasía de que antes de vernos mal nos quitaremos de en medio de forma placentera tras una gran fiesta de despedida– van produciendo un extrañamiento creciente con la vejez, una resistencia involuntaria cuya esencia es contraria a tantos usos y costumbres de nuestras sociedades. Un espejo del futuro que nos devuelve una imagen que contradice los incentivos, las promesas y el lenguaje de una realidad que prima y premia lo nuevo y lo veloz, la renovación de capacidades o la firmeza muscular. Como si hubiéramos interiorizado los pensamientos de Nathan Zuckerman, el personaje protagonista de La mancha humana, de Philip Roth, cuyo deterioro siente como una humillación, para concluir que la única lección de la vejez es que «la vida es una estafa».

La soledad y el sufrimiento ante la muerte de los más mayores debe impulsar cambios en la forma que tratamos esa etapa de la vida, aunque sólo sea porque, en el mejor de los casos, llegaremos a ella. Cambios que comienzan con la forma en que pensamos y miramos esa etapa. En su sucinto pero nutrido y profundo ensayo Morir o no morir. Un dilema moderno (Anagrama), el profesor Jordi Ibáñez Fanés trata también el asunto, y menciona un verso de T.S. Eliot: «Old men ought to be explorers». En palabras de Ibáñez Fanés, deberíamos mirar a los más mayores como «exploradores de los confines de la vida, avezados en el oficio de sobrellevar una a veces abrumadora cantidad de experiencia, diestros en la técnica de mantener la cabeza fría y el porte digno en medio de la soledad y la devastación, en el trato cercano con la muerte vivida ya como un límite muy próximo del reconocimiento de sí, experimentados en la ciencia del olvido y del recuerdo, y estudiosos del arte de abandonar este mundo», y concluye: «¿Quién podría atreverse a decirles cómo han de resolver todo esto desde la desvergüenza de la juventud o la impaciencia de la madurez?». No culpemos a los jóvenes, porque esta responsabilidad no es de ellos.

 

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