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Faltan los presos

Foto: EMILIO MORENATTI | AP

Entre finales de los noventa y principios de los diez tuve la oportunidad de conocer la cárcel Modelo de Barcelona. Mi primo estaba preso y solía ir a verlo cada quince días, casi siempre en compañía de mi abuela, que también era la suya, y su hermano menor. Por entonces, el tenebroso purgatorio que fue aquella cárcel durante los años setenta y ochenta era ya un lugar sin grandes sobresaltos, donde empezaba a haber más educadores que guardias, el trapicheo al que acostumbraban algunos funcionarios no rebasaba el umbral de lo obsceno y la sobrepoblación (concebida para 700 reclusos, la Modelo llegó a albergar 2.200entre el 81 y el 90) comenzaba a remitir.

Con todo, el dato que me convenció de que el mítico penal barcelonés había dejado de ser un pudridero fueron las comidas navideñas que los familiares compartíamos con los presos de confianza, y que no desmerecían en absoluto las que se servían en tantísimos hogares de la ciudad: los mismos galets anodinos, el mismo pollo reseco. Asimismo, y como quiera que mi primo era uno de los grandes animadores de la compañía teatral, mi abuela y yo cumplíamos con el trámite de acudir a los estrenos y aún alguna reposición: recuerdo, por ejemplo, un Cómeme el coco, negro del verano de 2003 en el que por un instante perdí de vista que los actores eran presidiarios. Toda una gesta, teniendo en cuenta que el de la Modelo era el único teatro en Cataluña donde no salían niños de TV3, verdadera carta de verosimilitud de la escena, digamos, profesional: ¡un teatro libre en intramuros, vive Dios! Por lo demás, el hecho de que entre los internos hubiera más de un conocido con delitos leves hablaba de una sociedad tanto más frívola cuanto menos convulsa.

No hace mucho regresé a la Modelo, cuyo interior (en realidad, sólo una parte) está abierto al público los viernes y los sábados. Mientras deambulaba por la quinta galería y curioseaba en las paredes de las celdas en busca de alguna pintada tremebunda (sin éxito; las que había no eran sino trazos informes, algún que otro dibujo de hechuras infantiles y las inevitables pollas); en ello andaba, digo, cuando una empleada municipal se dirigió a mí para someterme a una encuesta relacionada con los probables usos de la prisión. Según me comentó después, todo apunta a que la Modelo será un centro cívico.

Un centro cívico, sí. Podría ser una cárcel-museo a la manera de Alcatraz, una suerte de memorial urbano que diera cuenta del proyecto inicial, inspirado en ese Gran Hermano avant la lettre que fue el panóptico de Bentham, y que siguiera con la fuga de los 45 através de la panadería, o aquel preso al que le mandaron barrer el patio y sin apenas levantar la vista, barre que te barre, cruzó la garita como una sombra maquinal y se vio sorteando el tráfico de la calle Entenza; del motín que encabezó el Vaquilla el 13 de abril del 84 para exigir mejores condiciones de vida, lo que las autoridades cifraron en 2,5 gramos de heroína; del francotirador que, apostado en un sobreático de Nicaragua con Provenza, le voló la cabeza al gánster francés Raymond Vaccarizi mientras éste, asomado a la reja, hablaba con su novia, conchabada con el asesino; un crimen, el de Vaccarizi, cuyos apéndices museográficos bien podrían ser la película Barcelona Connection, donde aparece escenificado, o la sobrecogedora recreación teatral del primer Rubianes, de la que debe de haber algún vídeo.

También podría ser una aseada prisión de proximidad, por decirlo a la manera en que hoy se tiende a aquilatar lo genuino. Pienso en mi abuela, que sólo pudo visitar a su nieto mientras estuvo ingresado en la Modelo. Para ir a Quatre Camins, adonde lo trasladaron después, ya no le llegaron las fuerzas. Y todavía hay quien considera progresista que las cárceles estén a tomar viento.

Pero no. Ni será una cárcel-museo (una galería de vencidos) ni será una cárcel modélica stricto sensu (lo que prueba, por cierto, hasta qué punto Ada Colau no concibe otra gestión de la memoria que la performance guerracivilista). Será, al parecer, un centro cívico. Un centro cívico donde se enseñará macramé, cocina vegana y cuentos del baobab. Y que se sumará al medio centenar que ya tiene Barcelona, una ciudad que empieza a exigir que la poética consigna del 68, imaginación al poder, se haga prosa electoral.

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