Jorge San Miguel

Fantasmas del 78

«En ausencia de socializaciones políticas en comunidad, tenemos bloques de hiperpolitizados de una u otra tendencia»

Opinión

Fantasmas del 78
Foto: Kiko Huesca| EFE

En el Canto XI de la Odisea Ulises viaja a la tierra de los Cimerios, donde nunca brilla el sol, para consultar al fantasma del adivino Tiresias. Los griegos vierten en la tierra la sangre de unas reses, que atrae a los muertos desde el Hades. Entre las sombras que se acercan Ulises reconoce a su madre y a Agamenón: aún vivían cuando emprendió viaje. Nada le pueden decir del regreso a Ítaca porque los muertos, salvo Tiresias, no tienen espíritu y son “vanas cabezas” sin fuerza. Ulises los aparta para que no beban la sangre reservada al adivino. Si en estos días un viajero de la política española desciende al inframundo a consultar oráculos puede encontrarse con otro par de sombras desencarnadas, la del «reformismo» y la del «constitucionalismo». Cabecitas inanes sin ruta de regreso a la Ítaca setentayochista.

Por el lado del constitucionalismo, poco hay que decir que no hayamos escrito hasta la saciedad estos tres años. La moción de censura de Sánchez en 2018, y la posterior reorientación del sistema de partidos y del rumbo mismo del Estado, consagró a nivel nacional lo que ya se había vislumbrado en la Cataluña procesista y, fuera de España, en fenómenos como el Brexit: un nuevo mundo donde las democracias representativas se contaminan de elementos plebiscitarios; un mundo donde mayorías simples, a veces muy precarias, cambian acuerdos fundamentales; y donde los pactos entre caballeros y los acuerdos tácitos entre facciones políticas rivales han periclitado. En lugar de eso tenemos una descarnada competencia entre élites que al final resulta ser la mejor, por no decir la única, clave interpretativa de los espectáculos con los que nos entretenemos a diario. Y dada la estructura política del estado de las autonomías, y en ausencia de escrúpulos moderadores, el PSOE ha elegido la opción lógica para sumar al margen de la derecha nacional: una alianza variable pero más o menos permanente con los partidos que apuestan por el desmontaje del Estado.

 Esa misma competencia entre élites hace imposible el «reformismo». Reformismo desde arriba, que ha venido a ser la hipótesis fuerte en los últimos años, por más que los reformistas se aupasen a la grupa de algún partido o plataforma electoral. Mayorías sociales para «la reforma» no hay ni es previsible que haya, cosa por otra parte normal. Quizás la última oportunidad de un programa amplio de reforma del Estado por acuerdo entre élites fue el pacto de gobierno fallido entre Ciudadanos y PSOE en 2016. La versión acordada con el PP unos meses más tarde ya era menos ambiciosa, y acabó descafeinada por las negociaciones presupuestarias y la interrupción de la legislatura con la moción de Sánchez. De donde volvemos al punto anterior.

Por el lado de la sociología tampoco hay buenas noticias para el «constitucionalismo», ni para un reformismo que parta de sus presupuestos. Un artículo reciente de Nacho Jurado retrata unas generaciones jóvenes cada vez más indiferentes a los mitos del 78, en un proceso sin duda acelerado por actores políticos concretos, pero que en cualquier caso no parece tener vuelta de hoja. Tampoco es que el 15M haya alumbrado un mito alternativo ampliamente compartido -sí, obvio es señalarlo estos días, una cierta sustitución de élites. En ausencia de socializaciones políticas en comunidad, tenemos bloques de hiperpolitizados de una u otra tendencia, y aún grandes capas indiferentes, que no es lo mismo que satisfechas.

La ruptura de la comunidad política a la que estamos asistiendo -de nuevo, Cataluña es el modelo- tiene poco remedio, si es que tiene alguno, desde los marcos mentales y discursivos del 78. Desde luego no se arregla con voluntarismo, ni con apelaciones moralizantes a la unidad y al bien común, ni con manifiestos, ni denunciando por millonésima vez en tono campanudo que tal o cual cosa en el fondo no es de izquierdas, como si esto le importase aún a alguien. Tal vez, intuyo, el camino para reconstruir pasa por oponer a las mayorías gobernantes núcleos de contrapoder -autonómico, en la sociedad civil, en la cultura- que obliguen al reconocimiento del otro y a la negociación. Políticas de lo concreto. A estas alturas igual es de mal tono recordar que así se conquistó un espacio en Cataluña; y no desde el lloriqueo contra la «polarización» que entonan hoy tanto los jetas que han construido el actual estado de cosas como los frivolones que esperan remediarlo desde el sillón de sus clubes de caballeros.

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