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Farinelli y los toros

‘Aquí se castran niños’. Esta leyenda, ya desaparecida, permaneció durante muchos años en la puerta de una barbería de Nápoles. En los siglos XVII, XVIII y hasta XIX miles de niños fueron castrados con la excusa del arte.

 ‘Aquí se castran niños’. Esta leyenda, ya desaparecida, permaneció durante muchos años en la puerta de una barbería de Nápoles. En los siglos XVII, XVIII y hasta XIX miles de niños fueron castrados con la excusa del arte. Fueron los ‘castrati’, de los que Farinelli fue el más grande y Alessandro Moreschi, muerto tan recientemente como en 1922, el último. Con la excusa del ‘bel canto’, miles de niños fueron emasculados con la aspiración de que algún día fueran grandes divos de la música. La mayoría no lo lograron.

Y eso fue así, aunque nos sonroje. 

Los ‘castrati’ emocionaron a Europa durante siglos. Goethe, Schopenhauer, Napoleón o Felipe V –el primer Borbón llegó a tener un ‘castrato’ residente en Palacio- glosaron la belleza y la emoción que les producía el canto de los tenores emasculados, que alcanzaban un registro vocal inédito y perdido del que apenas quedan unas grabaciones en pizarra de Moreschi, el último de los ‘castrati’, de escasa calidad. Pero al cabo de tres siglos, lo civilizado se impuso y se decidió que castrar niños en nombre del arte estaba mal. Y ya nunca sabremos cómo cantaba un ‘castrato’. Por fortuna.

Pero, ¿se imaginan que alguien, en nombre del arte, propusiera castrar niños y enseñarles a cantar?

Pues algo así es lo que sucede con la tauromaquia y el Toro de Júbilo que ilustra este texto.

Podemos entender que la tauromaquia es un arte, y el folklore que condena al sufrimiento a un animal sea una tradición. No es tan complicado. La tauromaquia es una extraordinaria metáfora de cómo el hombre, con arrojo, inteligencia y la ayuda de las herramientas, logra someter al toro, que representa a la fuerza de la naturaleza. Pero hasta ahí. Metáfora entendida. No creo que sea necesario bañar en sangre los domingos, por mucho que sean las cinco de la tarde, para acabar de comprender.

Un día de 1861, la Italia unificada decidió ilegalizar la castración de niños. Y años más tarde, en 1878, El Vaticano, principal consumidor de ‘castrati’, prohibió su contratación, que no su uso. En 1903, Pio X emitió el documento que terminaba con el requerimiento de ‘castrati’ para actividades musicales.

Y hoy, más de cien años después, el fin de los ‘castrati’ nos parece tan razonable como sorprendente la crueldad de los siglos precedentes. Ojalá que en pocos años la fiesta del Toro de Júbilo y sus parientes, llámense corridas o ‘correbous’, nos produzcan a todos el mismo rechazo.

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