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Fatiga liberal

El pensamiento político liberal vive un hecho aparentemente paradójico: cuanta más presencia tiene en librerías y medios, más cuestionado está. Y, bien mirado, quizá no sea algo tan paradójico: se lo defiende y valora precisamente cuando el auge de movimientos populistas o regímenes iliberales lo ponen en cuestión en todo el mundo. Lo extendido de los elogios de los libros de Mark Lilla, politólogo liberal e historiador de las ideas, es un buen ejemplo de ello. El Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa publicará próximamente La llamada de la tribu, una crónica intelectual de su viaje del marxismo al liberalismo (por enésima vez, pero ahora en libro) de la mano de autores como Popper, Hayek o Berlin. Han sido constantes las cuidadas reediciones o las nuevas traducciones de libros de Aron, Mill o Schumpeter, y casi todos los ensayos críticos contra el populismo han recurrido a estos autores para ponderar las virtudes del liberalismo y su contribución histórica al progreso.

La calidad de los ensayos es encomiable, y sin duda son autores cardinales en nuestros fundamentos político-culturales, pero resulta sintomática su nula permeabilidad social en nuestros días. Los razonamientos resisten muy bien el papel, pero el ensanchamiento del pluralismo político en nuestras democracias coincide con un estrechamiento de las alternativas reales a las políticas inspiradas por el pensamiento económico liberal. El liberalismo político, buscando amparar la democracia de sus peligros, acabó por negarla al reducir el margen de maniobrabilidad con un corpus económico intransigente. En nuestro país, tanto Zapatero como Rajoy justificaron en la imposibilidad de encarar otro camino sus políticas de recorte y austeridad. En Europa, los casos han sido continuos, y hemos visto recientemente un ejemplo paradigmático con la Gran Coalición alemana, que el SPD explica como un sacrificio ante el que no caben opciones.

Como señalaba el analista (nada sospechoso de radicalismo) Timothy Garton Ash en un artículo en The Guardian contra el pacto entre socialdemócratas y democristianos en Berlín, es precisamente contra el discurso de la inexistencia de alternativas, contra esa teleología histórica manchada de tecnofuturismo resignado, contra la que se rebelaron los votantes de Trump, Le Pen o el Brexit. ¿De qué sirve poder opinar, votar e incluso ganar elecciones si finalmente nada podrá cambiar dentro de la lógica liberal del mundo? No afirmo que sea exactamente así, caben muchos matices, pero es innegable que el abuso de la inevitabilidad entra en tensión con la lógica democrática. Si, además, no genera cohesión social, ni atenúa fenómenos alarmantemente crecientes como la desigualdad, ¿en base a qué se pide la adhesión social al liberalismo? Como con tantas ideologías, el liberalismo ha querido disfrazar de racionalismo extremo un pensamiento que tiene también su buena dosis de fe.

Profetizó Maimónides que “el Mesías vendrá, pero podría retrasarse”. Y algo de ese “vuelva usted mañana” hay en el pensamiento y la praxis liberales. En una entrevista reciente, el mencionado Lilla afirmó que vivimos “una fatiga democrática”, pero quizá fuera más correcto decir que, si existe, se debe a una previa “fatiga liberal”. Temo que no será con libros y buenos artículos con lo que se mitigue, sino con políticas públicas que vayan a las raíces del problema: la desigualdad y la incertidumbre.

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