Manuel Aguilera

Felicidad o gases

Es curioso que en los lugares más recónditos del tercer mundo, allí donde no hay electricidad ni agua corriente, entre construcciones cochambrosas aparezca deslumbrante la omnipresente Coca-Cola.

Opinión

Felicidad o gases

Es curioso que en los lugares más recónditos del tercer mundo, allí donde no hay electricidad ni agua corriente, entre construcciones cochambrosas aparezca deslumbrante la omnipresente Coca-Cola.

Ahora que nueve de cada diez especialistas (como decían en una anuncio de pastas de dientes de mi infancia) consideran a la Coca-Cola un brebaje demoníaco que provoca obesidad, diabetes y no sé cuantas enfermedades más, los ideólogos de la comunicación de la marca han decidido asociar su consumo con la felicidad.

Quizás, algo parecido a la felicidad o al menos al simple alivio habrán sentido ese grupito de personas de Bangladesh que han encontrado refugio de la torrencial lluvia bajo el nombre de esta bebida refrescante. Las inundaciones en el país asiático están obligando a miles de personas a abandonar sus casas.

Es curioso que en los lugares más recónditos del tercer mundo, allí donde no hay electricidad ni agua corriente, entre construcciones cochambrosas aparezca deslumbrante la omnipresente Coca-Cola.

Por mucho que se empeñen y por más anuncios de televisión con músicas pegadizas que produzcan, la imagen que tiene cada uno de la gaseosa color petróleo va por barrios.

A mí en concreto me dan ganas de beberme un litro de un trago cada vez que escucho a uno de esos gurús de la salud hablando de las nefastas consecuencias de consumo. Soy así de contreras. Pero felicidad, lo que se dice felicidad, no me transmite ver un anuncio de Coca-Cola decorando la pared derruida de un país pobre. Si algo me produce invariablemente son gases.

Les alerto entonces que a partir de ahora para que los medios tradicionales sobrevivan está surgiendo silenciosa como una serpiente bajo la tierra una publicidad que no es publicidad y que se camufla bajo información.

Espero que cuando se consolide el fenómeno, a mí me toque ya estar jubilado y no tener que contribuir a hacer reportajes de felicidad que ocultan intereses nada refrescantes.

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