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Feliz AniVOXario

Foto: Pepo Herrera | EFE

Vox se coló en el 40 aniversario de la Constitución y se diría que lo hizo para recordarnos al menos un par de cosas importantes. La primera, que en nuestras democracias el peligro viene más de dentro que de fuera. La segunda, que si estos son nuestros fachas, que si estos son ahora la mayor amenaza a la que se enfrenta a día de hoy la democracia española, tendríamos con razón y motivo algo importante que celebrar. Porque no hay sociedad sin riesgo y porque hemos conocido y conocemos riesgos mucho mayores que este.

Porque como partido de fachas, y por mucho que se apropien del adjetivo, con el impostado orgullo del disidente, lo mínimo que puede decirse es que Vox es en nuestra historia un partido facha atípico. Y que es posible, como no se cansan de demostrar estos días su mejores simpatizantes, construirse a medida un partido y un programa perfectamente liberal-conservador e incluso perfectamente razonable basándose única y exclusivamente en citas literales de sus dirigentes. El partido de los fachas no se cansa de apelar a la defensa del estado de derecho, la separación de poderes, la democracia representativa, la igualdad de todos los españoles, la libertad de mercado y de conciencia y de hacerlo ni más ni menos que en nombre de la misma Constitución que supuso el punto y final a su querido franquismo.

Pero, evidentemente, esto no es todo lo que hay en Vox y esto mismo que lo hace tan atípico entre nuestros fachas pasados es lo que lo hace bastante parecido a los fachas del presente que campan por Europa y más allá. Porque cada uno de estos principios va acompañado, en el tono y en la frase siguiente, de su reverso tenebroso, donde el combate contra el separatismo se torna reivindicación de Una y Grande, el combate contra lo políticamente correcto se torna insulto y desprecio,  la igualdad de los españoles xenofobia para con los aspirantes…

No creo que pueda entenderse el éxito de Vox sin este doble discurso que por un lado da satisfacción al facha y por el otro consuelo al liberal-conservador. Los dos pueden votar al mismo partido votando a dos partidos distintos, porque es evidente que no son los únicos que votan a la mejor versión de su partido ni los únicos que votan creyendo que a los suyos hay que tomárselos muy en serio pero nada literalmente. Es lo que se decía en defensa de Trump y es lo que se dice en defensa de todos y cada uno de esos partidos europeos que nacen para subvertir el orden establecido.

Con esto no pretendo decir que Vox ha inventado el doble discurso. Ni siquiera que lo haya llevado a cotas especialmente elevadas de sofisticación. Lo que ha hecho Vox es doblar el discurso allí donde la costumbre nacional e incluso la decencia democrática lo habían ido unificando. Tanto sobre el ordenamiento autonómico, las políticas de inmigración, lo políticamente correcto… el nuevo feminismo, sus desmanes y etc. También sobre el discurso económico, que parece en Vox más liberal del acostumbrado y que lo distancia tanto de la centralidad política de nuestro país como de las tendencias proteccionistas de sus supuestos aliados y referentes internacionales.

El asunto de las autonomías no es, evidentemente, un tema menor y Vox promete afrontarlo en serio como mandan las abuelas; entendiendo que la recentralización bien entendida empieza por uno mismo. Por eso insiste en devolver algunas competencias al mismo tiempo que blindar otras, porque aquí como en el refrán lo que se demuestra es que cuando se habla de la caridad bien entendida no se habla de caridad sino de toda otra cosa. Es algo que dejó muy claro el PP en uno de esos momentos de la campaña en los que se gustó como mala caricatura de Vox y en el que Casado propuso “devolver” al Estado las competencias en educación y Maroto tuvo que explicar que eso no iba por Castilla y León ni por Galicia. Diría que ni siquiera iba por Andalucía, porque quizá era la campaña pero seguro que no era el tema. Porque el tema era Cataluña y para ella iban las advertencias. Y sería el colmo que fuese precisamente siguiendo el ejemplo de Vox, con las autonomías devolviendo competencias, blindando otras y asumiendo y aclarando así sus responsabilidades, como se avanzase por la senda del mítico federalismo asimétrico y la progresiva disolución del conflicto territorial. Aunque no se le llamase así, claro.

Porque el nombre hace algunas cosas y eso es también lo que le da a la política su carácter pedagógico y lo que le da a la lucha contra “la tiranía de lo políticamente correcto” tanto su dignidad como su peligro. Y ya que sobre inmigrantes se trataba, es tan bueno recordar que el políticamente correcto Obama expatrió más que nadie como que lo hizo por la puerta de atrás y sin presumir de ello. En plena conciencia, cabe suponer, de que esa era una hipocresía fundamental para la convivencia. Que el discurso hipócrita y políticamente correcto de la fraternidad entre todos los hombres y los pueblos del mundo es la base de la fraternidad entre todos los ciudadanos americanos. Y que el descaro con el que se habla de echar a los ilegales es el descaro y el desprecio con el que se habla y se trata a los legales. Presumir de políticamente incorrecto es muy a menudo darse permiso para el insulto y la xenofobia en nombre de la verdad y de la injusticia y eso podrá ser muy sincero pero es una inmoralidad. Aunque sólo sea por lo incómodo que resulta diferenciar al iraquí o al guineano que engrosan y blanquean las listas de Vox de los ilegales que quién sabe qué blanquean y a costa de quién engordan. Aunque sólo sea, al fin, por lo poco práctico que resulta basar la cortesía entre vecinos en la previa exhibición del permiso de residencia.

Vox se parece a los que tanto tememos en casi todo menos en sus propuestas económicas. Y no es una diferencia menor, porque eso lo acerca a los liberales escépticos de PP y C’s y lo aleja de la tendencia proteccionista en la que tanto coinciden y con la que tanto inciden los populistas de izquierdas y los de derechas. Un proteccionismo que es uno de los mayores y más inmediatos peligros de la ola anti-liberal porque lleva al empobrecimiento antes que al fascismo y al autoritarismo. Un proteccionismo que junto con la irrupción de Vox y de sus propuestas y sus ambigüedades en la fiesta de la democracia y de la Constitución nos recuerda que la única alternativa razonable y realista a la tentación y a la revolución populista es el reformismo liberal y democrático de nuestros discursos, nuestros partidos y nuestras instituciones.

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