Kiko Mendez-Monasterio

Femenino singular

Las femen parecen muy a gusto en la imagen de objeto sexual que sus predecesoras criticaban. Las más de las veces, sospecho, apenas agitan su frustración por no haber sido invitadas a la casa de Hugh Hefner.

Opinión

Femenino singular

Las femen parecen muy a gusto en la imagen de objeto sexual que sus predecesoras criticaban. Las más de las veces, sospecho, apenas agitan su frustración por no haber sido invitadas a la casa de Hugh Hefner.

Además de por ese barril unifamiliar -precedente de los pisos para singles- a Diógenes le recordemos por su anécdota nocturna, cuando paseaba por las calles de Atenas farol en mano, como si se le hubiera perdido algo, y murmurando lacónico su frase famosa: “busco a un hombre”. Lejísimos estamos de aquella Grecia.

En realidad al hombre hace tiempo que lo encontramos, lo diseccionamos durante siglos -algunos incluso lo crucificaron- y desde entonces andamos más bien en lo contrario, que no es precisamente el cherchez la femme de Dumas -pues la expresión sitúa a lo femenino en el origen de cada laberinto, y al hacerlo en realidad no deja de otorgarle una explicación- sino en transformar la obsesión del griego colocándo a ella en el centro de todo.

Olvidarse del David -ya superado- y empezar a esculpir la nueva Eva, que es el verdadero centro del universo del nuevo milenio.El escritor de hoy -o escritora, claro, aquí sí que cabe la estúpida redundancia- sabe que ahora la piedra filosofal de la literatura está en el alma en transición de la mujer, una auténtica metamorfosis, porque casi estamos contemplando la aparición de una nueva especie. Nada tiene que ver el ama de casa desquiciada que caricaturiza Sue Kaufman en los sesenta con sus hijas más legítimas, esa siguiente generación femenina de Manhattan que florecía en Sexo en Nueva York, o con las sombras rijosas de Grey. Tampoco hay similitudes entre las mediáticas femen y el origen del feminismo, aquellas inglesas que recorrían Londres con su lema de “no queremos vivir al dictado de nuestros maridos” y que -como contaba creo que Chesterton con mala leche, acabaron todas de mecanógrafas-.

Las femen parecen muy a gusto en la imagen de objeto sexual que sus predecesoras criticaban. Las más de las veces, sospecho, apenas agitan su frustración por no haber sido invitadas a la casa de Hugh Hefner, y adaptan al activisimo su vocación de lepórido. Pero más allá de la perspectiva política, religiosa, sociológica o filosófica del asunto, interesa la literaria. Por ejemplo la de Cormack McCarthy en La carretera, una alegoría brutal del mundo de hoy, donde la figura de la madre -y de la esposa- es sólo un borroso recuerdo, casi un sueño difícil de creer. Las demás apariciones femeninas, regresando a lo griego, son versiones de la mitología: un Saturno hecho mujer y alguna criatura carroñera, las llamadas arpías, que no sé por qué me han venido a la memoria con la fotografía.

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