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A Ruth Bader Ginsburg la han convertido en una suerte de heroína que defiende a los más débiles

Foto: Rebecca Gibian | AP

Cuando abandona su despacho del Tribunal Supremo se marcha a su casa y sigue trabajando hasta las cuatro de la mañana. Sus hijos dicen que, a sus 85 años, sigue sin saber cómo se enciende el televisor. Su marido murió hace nueve años de un cáncer y ella ha superado un cáncer de colon y otro de páncreas. Cuando el año pasado le extirparon dos nódulos cancerosos de su pulmón izquierdo, la América progresista volvió a temblar, como cada vez que la salud de esta juez sufre algún percance. Su retirada daría vía libre a Donald Trump para sumar un nuevo magistrado a un Tribunal Supremo que ya cuenta con una mayoría conservadora.

Ruth Bader Ginsburg, miembro de la Corte desde que en 1993 la nombrara Bill Clinton, la segunda mujer en conseguirlo, en esta época de agitación tribal la han alzado convertido en una suerte de heroína que defiende a los más débiles. Nada que no haya hecho durante toda su trayectoria profesional. Su condición de mujer la marcó desde que era estudiante. RBG –así se titula el documental sobre su vida, disponible en Filmin– se matriculó en la Escuela de Derecho de Harvard en 1956. De los quinientos alumnos solo nueve eran mujeres, y el decano les preguntó por qué motivo estaban allí, ocupando el lugar de un hombre.

RBG se convirtió en una de las alumnas más brillantes pese a tener que lidiar con la grave enfermedad de su marido y con el cuidado de su bebé. No dormía más de dos horas al día. Continuó sus estudios en Columbia, Nueva York, donde se instaló con su marido, ya recuperado del cáncer. Marty se convertiría en unos de los mejores abogados tributarios de la ciudad. A ella, pese a su brillante expediente, ninguna firma la quería contratar. En los tiempos de Mad Men, las mujeres no cabían en los despachos de abogados. Era la mejor, recuerdan en el documental RBG sus amigos, no lo entendíamos.

En el 63 comenzó a dar clases en la universidad y, animada por sus alumnos, creó un curso sobre género. Luego se integró en el Women’s Rights Projects, el ente que llevó la lucha feminista a los tribunales. Sin estridencias, pero con firmeza, convencida de que solo con la ley las mujeres lograrían la igualdad real, RBG ganó cinco de los seis casos que presentó ante el Tribunal Supremo. En el primer caso consiguió que la Corte diera la razón a una soldado a la que el Ejército había negado el subsidio que sí recibían sus compañeros hombres. Vencer no era suficiente. Había que convencer. Por eso aceptó el caso de un hombre viudo al que la Seguridad Social negaba una ayuda para cuidar a su hijo que sí concedían a las mujeres.

Con esta estrategia, RBG logró que un tribunal compuesto en su integridad por hombres reconociera que las mujeres estaban discriminadas por ley. Ahora la carrera de ella era más importante que la de su marido, y él no dudó en dejar de lado su trabajo para seguirla a Washington cuando Jimmy Carter la nombró juez federal. ¿Qué consejos le das?, le solían preguntar a Marty. Ninguno, respondía él. Lo único que hacía era llamarla a su despacho a partir de las siete para avisarle de que la cena estaba lista. En algún momento entre las siete y media y las nueve y media ella aparecía.

Su naturaleza tímida y reservada no escondía su brillantez, y Bill Clinton la propuso como magistrada del Tribunal Supremo. “Solo puedo decir esto: la Constitución exige que se otorgue igualdad de oportunidades para niños y niñas”, dijo RBG ante el Comité del Senado que confirmó su nombramiento. Su talante dialogante, siempre dispuesta a llegar a consensos con los jueces conservadores, hizo que le aplicaran la etiqueta de moderada. RBG cultivó una relación excelente con el ultraconservador Antonin Scalia, con quien acudía de manera habitual a la ópera.

En Estados Unidos el cargo de juez del Tribunal Supremo es vitalicio. Solo cesan cuando ellos renuncian o mueren. Con sus nombramientos, los presidentes tienen la facultad de orientar la tendencia ideológica de la mayoría. Desde George W. Bush la Corte se ha inclinado hacia la derecha, y RBG ha quedado como la voz más liberal del órgano. La reacción conservadora, la que ha llevado a Trump a la presidencia, la ha afianzado en su férrea defensa de las minorías, y acostumbra a alertar en sus sentencias sobre la discriminación que mujeres, negros y gays siguen sufriendo.

La cultura que se nutre de zascas y eslóganes tuiteros en las redes sociales ha descubierto a RBG en esta faceta de voz discordante. La moderada RBG es ahora Notorius RBG. Sus grandes gafas y su rostro afilado por la coleta con la que se recoge el pelo se han convertido en un icono. En las manifestaciones feministas portan carteles con la imagen de esta heroína inesperada. Usan su retrato para ilustrar tazas y pegatinas. Hay quien se disfraza de RBG. Otros se la tatúan en sus brazos. La imitación que hacen de ella en Saturday Night Live es de las más populares. No se parece en nada a mí, pero es divertida, dice en el documental sobre su vida cuando le muestran un sketch.

A RBG, que todos los días hace ejercicio con un entrenador personal vestida con una sudadera en la que pone Super Diva, le hace gracia haberse convertido en un meme.

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