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Fenomenología del abrazo

Foto: Alex Brandon | AP

Con qué envidiable aplomo se abrazó Narendra Modi a Donald Trump durante su primera rueda de prensa conjunta. Allí mismo, en la Casa Blanca, frente a cámaras y periodistas. Con suavidad de nieve, dejó caer su cabeza de abuelo de cuento sobre el pecho de su homólogo americano. En las imágenes vemos a un Trump ligeramente tenso, antes de ceder a la implacable ternura del Primer Ministro indio, que repitió su gesto hasta tres veces, sobrepujando los notorios apretones de mano con que su colega gusta de exhibir supremacía. No es la primera vez que lo hace. Los abrazos de Modi son famosos en la escena internacional. No sólo sus pares sino cualquier personalidad que se cruce con él, sin importar la cultura de la que proceda, queda bendecida con un abrazo fraternal, desde Erdogan hasta Zuckerberg.

Para algunos el abrazo de Modi es un gesto compensatorio de algún complejo de inferioridad. Para otros una artera estrategia para desarmar al adversario y acelerar el estrechamiento de vínculos internacionales. O quizá el político indio ha leído a los expertos que sostienen que los abrazos son buenos para la salud, porque liberan oxitocina y bajan la presión sanguínea. Yo quiero creer que se trata de un gesto natural y espontáneo, algo que sencillamente le gusta hacer porque siente el saludo protocolario como una ortopedia desgraciada. Le entiendo bien. Yo me paso la vida dando abrazos, sobre todo por carta. Aunque sé que es correcto y a menudo lo propio, casi nadie a quien conozca por el nombre me parece merecedor del gélido «Saludos» con el que es habitual despedirse por correo, salvo que el destinatario haya ascendido al rango de amigo. A mí me gusta empezar en ese nivel, en el de amigos, y luego ya veremos si nos despeñamos. Según parece es algo cultural. Ya observa Pla que los madrileños estamos todo el día dando empalagosos abrazos –una observación que hace describiendo, de un solo trazo, a Unamuno, que, extrañado en el Madrid de la República, no los daba nunca–.

Tampoco es difícil entender que haya quien se sienta incómodo. El abrazo, como el beso, es un gesto táctil y sensual, una acción que produce, como escribía Gramellini en Il Corriere que me trajo la noticia, una intimidad física con efectos colaterales en el alma. Es comprensible que mucha gente no reciba bien tamaña imposición de cariño, sobre todo por parte de desconocidos. Pero cuando la simpatía existe, el abrazo se convierte en la cima del afecto que se profesan dos personas. También entre amantes, por cierto, por encima del beso. Ayer me decía Manuel Arias, cuya conversación infinita abarca también los dominios del séptimo arte, que el mejor abrazo de la historia del cine es aquel en que se funden, para superar su crisis conyugal, George Sanders e Ingrid Bergman al final de Te querré siempre, la importante y bella película de Rossellini. Y sucede también a menudo que dos personas que se aman se abrazan precisamente porque el beso les está prohibido, como pasa en la inolvidable secuencia final de Lost in Translation, entre Bill Murray y Scarlett Johanson. Eso sin contar con el mejor abrazo de todos, que es el de un niño.

Pero divago, lector. Nos vemos en dos semanas. Hasta entonces,

un abrazo.

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