Juan Claudio de Ramón

Fiarse

«Si el confinamiento fue un experimento natural, llevamos ya unos meses metidos en otro: el del uso responsable de la libertad recobrada al abrirse las puertas de la celda»

Opinión

Fiarse
Foto: Eraldo Peres| AP Images
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

En el medio está la virtud, dijo el filósofo, que quizá no incidió bastante en lo huidizo que el justo medio se muestra a veces. Si el confinamiento fue un experimento natural, llevamos ya unos meses metidos en otro: el del uso responsable de la libertad recobrada al abrirse las puertas de la celda. Los derechos ya no se suspenden; se dosifican. A tientas, sociedad y gobiernos buscan un punto medio entre el autoritarismo, que nos protege al oneroso precio de la tutela, y la anarquía, que oferta un albedrío tan libre como inseguro. Ese punto medio, modesto, moderado y a veces hasta milagroso, es el liberalismo, la única doctrina filosófica vigente que reposa en una optimista confianza en el ser humano. La confianza en que del libre intercambio de bienes y servicios brotará la prosperidad. La confianza en que del libre intercambio de talento y saberes surgirá el progreso. La confianza de que a través del libre intercambio de razones la verdad prevalecerá sobre la mentira y no será necesario imponerla.

De modo que, ante la pandemia, si uno es liberal, la confianza es la actitud natural. La confianza en que la ciencia dará con la vacuna. Pero también la confianza en que, mientras llega, los ciudadanos (que no el pueblo, del que hay siempre motivo para desconfiar) harán un uso prudente de su libertad deambulatoria y de reunión, y se cuidarán a sí mismos para cuidar a los demás. Si en un Estado policial, de izquierda o derecha, el poder puede poner un candado a los derechos con solo apretar un botón, en una democracia liberal el ciudadano conserva la facultad de usar la manija que le permite ponerse límites a sí mismo. De pasar de una autodeterminación estética, puesta al servicio de la expresión romántica de la individualidad, a la autodeterminación ética del que sabe que vivir en comunidad comporta vínculos y obligaciones.

Es curioso cómo la pandemia ha enviado a la casa de empeños la retórica que hacía del pueblo un ente moral, todo virtud, machacado por la élite corrupta. De virtuoso a contagioso, ahora el populismo ya no se fía tanto de su sujeto histórico. Es el liberalismo el que no puede renunciar a pensar en las personas como agentes autónomos capaces de orientar su libertad al bien común. Ni la confianza es ciega ni el crédito es ilimitado. No se desconoce que en el mundo hay una porción considerable de egoístas, de irresponsables y de relucientes gilipollas (perdón por el eufemismo). Pero sin su libertad no tendríamos la nuestra. Esa libertad que, según Kierkegaard, produce mareos. Velemos para que entre todos, produzca los menos contagios posibles. Toca fiarse, no confiarse.

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