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Fidel Castro y la juventud imaginada

“La mente consciente -el ser o el alma- es un spin doctor, no un comandante en jefe”, escribió Steven Pinker en La tabla rasa. En The Righteous Mind, Jonathan Haidt mostraba que muchos de nuestros juicios y opiniones eran instintivos, y que solo después buscábamos argumentos que justificaran nuestra posición.

La muerte de Fidel Castro parecería indicar la validez de sus observaciones. Una adhesión irracional, sentimental, prevalecía en algunos de los que hablaban del dictador. Como ha escrito Jesús Fernández Villaverde, la defensa de los “logros” del régimen -bien analizados aquí- nos llevaría a encontrar aspectos positivos en el franquismo, y en último término a justificar la privación de libertades a cambio de esas mejoras. La apuesta por la igualdad condujo a una desigualdad inmoral.

Quienes ven con facilidad obstáculos a la democracia, intentos de censura o élites que se adueñan del poder en las democracias occidentales no los encuentran en un régimen de partido único y enemigo de la libertad de expresión, y en un caudillo que, como ha escrito Tsevan Rabtan, en más de medio siglo no dio a los cubanos la oportunidad de echarlo. Quienes denuncian los peligros de los tratados comerciales justifican la opresión con el argumento del embargo estadounidense. Los que hablan de la dignidad de los pueblos frente al imperialismo pasan por alto que, por ejemplo, para Fidel Castro la dignidad de los checoslovacos no valía tanto. Y no es del todo progresista pensar que alguien tiene que sufrir privaciones para que yo pueda sumar puntos en una discusión en la cafetería de la facultad.

La realidad ha rebatido hace mucho esos argumentos. Esta semana han aparecido recalentados: quizá lo mejor es tomarlos como una adhesión puramente sentimental. Los amores y las canciones de nuestra juventud siempre nos hacen chantaje. Lo paradójico es que en este caso la nueva izquierda parece devolvernos las peores cosas de la vieja izquierda. Como si no tuviéramos nostalgia de nuestra juventud, sino de la adolescencia imaginada de nuestros padres.

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