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Fiesta de disfraces

"De creer a sus rivales políticos, la imagen de Trudeau disfrazado de Aladino es responsable de causar una ola de sufrimiento en toda la población negra de Canadá. ¿Qué ha pasado aquí?"

Foto: HANDOUT | Reuters

Recapitulemos la polémica de la semana. Un vivales va a una fiesta de disfraces. El tema de la velada es el exotismo del mundo árabe narrado en Las mil y una noches. El joven, que entre los muchos trabajillos de su vida ha desempeñado el de profesor de teatro, opta por un vistoso disfraz de Aladino: se maquilla el rostro enteramente de negro y se toca de turbante. Dieciocho años después es primer ministro de su país y el camuflaje festivo que lució aquella noche es tenido como lo peor que ha hecho en su vida. De creer a sus rivales políticos, la imagen de Trudeau disfrazado de Aladino es responsable de causar una ola de sufrimiento en toda la población negra de Canadá. ¿Qué ha pasado aquí?

En los apuros de Trudeau confluyen varios asuntos, no fáciles de deslindar. Está, por un lado, el cruel deleite con que el público saluda siempre un caso de alguacil alguacilado. Trudeau ha recriminado en numerosas ocasiones a sus adversarios falta de compromiso con la diversidad o un carácter intolerante. Hay pocas dudas de que él mismo habría actuado con la misma impiedad que se abate sobre él de ser otro el que estuviera en parecido brete. Y en honor a la verdad, la acusación más repetida estos días en la prensa canadiense no es la de racista –cosa que ninguna inteligencia honesta cree que sea– sino la de hipócrita. Pero todo esto es menos interesante que preguntarse si realmente hizo algo inmoral aquella fiesta. A todos quienes, desde una óptica europea, ven en el incidente una monstruosa exageración, se les ha pedido que recuerden el peculiar contexto que tiene el blackface en Norteamérica. Aquí pensamos en el rey Baltasar y las cabalgatas; allí remite a pretéritas prácticas de teatro de variedades donde se hacía ludibrio de los negros. Cada país tiene derecho a que se respeten sus tabúes específicos: prohibiciones en torno a historias de dolor vividas con particular intensidad. A mí no me haría gracia que alguien se presentara vestido a una fiesta a guisa de etarra, ni a ningún europeo se le ocurre ataviarse de prisionero del Lager para echarse unas risas.

Pero contexto es precisamente lo que echo a faltar en esta historia. Me refiero, por un lado, a que Trudeau no se disfrazara de negro en las plantaciones, sino de Aladino: un personaje de la literatura, nada más. Como si –sentado el discutible hecho histórico de que Aladino fuera negro– a Trudeau se le reprendiera por sacar del baúl un disfraz al que como blanco no tenía derecho. Un caso de «apropiación cultural», no distinto del que hizo a Scarlett Johansson renunciar a interpretar un personaje transgénero en una película. Por otro lado, a que se tratara de una fiesta de disfraces, el momento por excelencia de relajación de la norma en nuestra cultura. Es decir, la mera idea de disfraz implica la noción de usurpar la identidad de otro, un hábito que –desde la saturnalia romana al carnaval católico– parece cumplir la función de válvula de escape que ayuda a cumplir con la norma el resto del año. Esto es lo meditable. La corrección política ha contribuido a la reducción general de sadismo en nuestra cultura. La interdicción social que hoy pesa sobre bromas basadas en estereotipos culturales o raciales tiene el mismo fundamento que la prohibición de fumar en espacios cerrados: no hacer daño a otros innecesariamente. Pero la hipermoralización de la sociedad parece estar teniendo otro efecto, acaso menos saludable: la supresión de esos espacios de transgresión autorizada que la misma cultura producía y que quizá sean tan necesarios para la convivencia como la norma misma. Un mundo donde se nos invita a vivir en perpetua cuaresma, como ha apuntado entre nosotros Rafa Latorre, no tiene por qué ser un escenario especialmente armónico. Uno en que solo podamos disfrazarnos de nosotros mismos será mortalmente aburrido.

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