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Filosofía ha muerto

Foto: Dario Lopez-Mills | AP

Pocos días atrás, Santiago Navajas, profesor de Filosofía, contaba en las redes sociales cómo en el examen de Selectividad en Francia habían optado por despachar el examen de la asignatura con la siguiente pregunta: ¿Es el deseo un signo de nuestra propia imperfección? Partiendo de esta cuestión, el alumno debe escribir un ensayo apoyándose en los conocimientos adquiridos de la mano de los distintos filósofos estudiados y, sobre todo, apoyándose en el espíritu reflexivo, crítico y creativo que el alumno haya madurado al calor de las mentes más brillantes de la historia. Una asignatura que ayuda a construir una mentalidad propia, una determinación propia e incluso un lenguaje propio se ve potenciada con un examen de este tipo, que obliga al alumno a utilizar el adjetivo más importante de los que han cruzado por este párrafo: “propio”.

Aquí es inevitable trazar un paralelismo con los conocimientos en Filosofía que se exigen para superar la Selectividad española. Recuerdo perfectamente mi examen. Facultad de Derecho de la Complutense, calor asfixiante, pantalones corsarios (aquella vieja aberración) y los litros de cerveza esperando a la salida. Le había echado el ojo a una chica de clase y quiero creer que ella también me lo había echado a mí porque semanas más tarde acabamos enamorándonos. De momento, aquel futuro amor se había traducido en un favor muy simple: ella me dejaba sus apuntes sobre Platón, Nietzsche y Ortega; pero no los de Santo Tomás y Kant, ya que no los había podido redactar. Tuvimos suerte: aquel mayo caluroso decidieron incluir a Nietzsche en el examen, y nuestra relación juvenil comenzó con un aprobado mediocre, cincelado sobre los párrafos memorizados en los pasillos de la Complu.

Al escuchar cómo el profesor Santiago Navajas glosaba los encantos de la Selectividad francesa, no pude evitar imaginarme de vuelta a aquellas tardes lejanas del mes de mayo. Si efectivamente hubiese podido acercarme de nuevo a ellas, sin duda cambiaría muchas cosas. Primero, creo que no estudiaría tanto por obligación, e intentaría hacerlo más por placer. Quizás esto me llevase a no tener que pedir prestados los apuntes de Filosofía, e incluso quizás esto me llevase a no necesitar apuntes de Filosofía. Puede que hasta redactase el ensayo sobre el deseo con ese espíritu reflexivo, crítico y creativo del que hablábamos antes. Seguro que me proclamaría nihilista, a lo Nietzsche, y argumentaría con tragedia por qué el deseo es un signo de nuestra propia imperfección. Volvería a pedirle los apuntes a aquella chica, aunque solo fuese por volver a verla, e incluso le repetiría más veces aquellas dos palabras que tanto le gustaban.

Ahora que nos han robado ese espíritu crítico ya reseñado, poco queda que reprocharme. En la parábola más famosa de Nietzsche, un loco proclama a los cuatro vientos que Dios ha muerto. Quizás hubiese sido una buena forma de terminar un supuesto ensayo en la Selectividad de aquel año: en España, me temo, la Filosofía también ha muerto.

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