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Fin de época

Foto: Thierry Ehrmann | Flickr bajo Licencia Creative Commons

En una escena de Rojos, la adaptación al cine que Warren Beatty dirigió y protagonizó en 1981 de la crónica Diez días que sacudieron el mundo, alguien pregunta por qué es a la Rusia zarista y en guerra a donde hay que ir para entender el momento histórico, a lo que John Reed responde:

Todo el mundo sabe que va a pasar algo pero nadie sabe qué.

En esa sensación de incertidumbre y fragilidad parecemos movernos estos años. Durante la crisis económica se creía que con la vuelta del crecimiento y el empleo volvería la estabilidad política e institucional perdida. Pero observamos con cierta sorpresa cómo los humores sociales no sólo no mejoran, sino que muchos colectivos vuelven a las calles y el malestar no remite. En otros países europeos, la reacción iliberal y reaccionaria se consolida, el Brexit sigue su marcha a ninguna parte, en la Casa Blanca reside un presidente incalificable en su chabacanería, China refuerza el autoritarismo y el control político al mismo tiempo que apuesta por abrirse más al comercio global. Oriente Medio se incendia de nuevo, vuelve una versión 2.0 de una Guerra Fría que parecemos ir perdiendo, y el nacionalismo regresa cuando creíamos consolidada la era de las subjetividades y el multilateralismo cosmopolita.

La brújula de nuestros conceptos políticos se ha desmagnetizado, no funciona y andamos extraviados, sin referencias claras ni señales con las que interpretar un mundo que se ha desordenado sorprendentemente rápido. Sabemos que va a pasar algo pero no sabemos qué. “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”, escribió Antonio Gramsci.    

Todo ello junto a un cambio tecnológico exponencial que hace que convivan los discursos más reaccionarios con los escenarios futuros más inimaginables. El mitin reaccionario de Erdogan y el Twitter de Trump conviven en la home de los diarios con el coche autónomo o los avances en nanocirugía. El aumento de la esperanza y la calidad de vida continúa a la par que el riesgo de escalada nuclear o la destrucción total de nuestro hábitat por culpa del cambio climático. Las certezas son parte del pasado, y quizá por eso se buscan en él las respuestas: nacionalismos, autoritarismos, conservadurismos extremos, integrismos religiosos y otras formas de supuesta protección de las que creíamos estar escarmentados.

La sensación gatopardesca de fin de una época se consolida, lo que no significa que la que la sustituya tenga que ser forzosamente peor. El determinismo histórico es otra idea del pasado a la que también nos vemos atraídos de nuevo. La angustia por el futuro se traduce en movilizaciones con las que no hay que estar completamente de acuerdo para sentir el deseo de sumarse. Aún no sabemos cómo interpretar nuestra época y nos encontramos en ese claroscuro gramsciano en el que han proliferado los monstruos.

“Ojalá vivas en tiempos interesantes”, dice una vieja maldición china. Seamos supersticiosos o no, parece que nos han tocado.  

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