Antonio García Maldonado

Final (y principio) de la grandeza

«Las coladas de lava son un recordatorio de nuestra verdadera dimensión, y del carácter coyuntural, frágil y anecdótico de nuestra existencia»

Opinión

Final (y principio) de la grandeza
Foto: Joel Pérez| The Objective
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

La ciencia convive con la literatura cuando nombra y explica fenómenos. Lo hemos vuelto a ver con la erupción del volcán de La Palma, cuya descripción como «estromboliano» tiene tantas reminiscencias geográficas como cinematográficas e históricas. Es más habitual todavía en astrofísica, pues no en vano esta disciplina se ocupa de un espacio al que la humanidad se ha dirigido desde que está sobre la Tierra, y al que lo mismo se echaba la culpa de todos los males que padecían, como se buscaba en él la salvación y el amparo. Hacer el cosmos a medida de nuestro entendimiento limitado ha llevado a que buscáramos la forma de los dioses uniendo puntos entre estrellas, a imaginar una historia alegórica para cada uno de ellos. E incluso a concederles algún tipo de poder sobre nuestras vidas personales, como atestigua la llamativa supervivencia de los horóscopos en medios serios.

Uno de esos nombres o conceptos más impactantes es el de «el Final de la Grandeza», que es como los astrofísicos llaman al universo observado a una escala máxima, a 300 millones de años luz: a partir de un punto, deja de existir una jerarquía de organización como la que se ve al mirar galaxias concretas –unos dos billones–, y la distribución no responde a ninguna estructura. Una organización que sí distribuye de forma más o menos homogénea los supercúmulos y filamentos del espacio en una «telaraña cósmica», algo así como un triste gotelet espacial. De ahí el nombre: esa masa distribuida en pegotes irregulares solo responden a la regla básica del Principio Cosmológico, que dice que, cuando se observa a escalas suficientemente grandes, el Universo es isotrópico y homogéneo, es decir, la nada.

Imposible no pensar en esa nada cuando se observa la erupción en La Palma. Toda esa expulsión de piroclastos por las bocas del volcán nos recuerda una realidad geológica que sigue su curso, imperturbable a nuestras casas, nuestras plantaciones de plátanos, nuestra vida. Las coladas de lava son un recordatorio de nuestra verdadera dimensión, y del carácter coyuntural, frágil y anecdótico de nuestra existencia. Si en algo nos hemos tenido por singulares y dignos de una dignidad especial por el hecho de ser autoconscientes, la erupción del volcán, como antes la pandemia, nos sitúan ante nuestra verdadera dimensión. De ahí el impacto que estos fenómenos causan más allá de los afectados de forma directa: la fascinación proviene de asomarse también a ese otro abismo figurado.

Pero sucede que hace unos meses unos científicos observaron en ese gotelet espacial del Final de la Grandeza un «arco de galaxias» distribuido a lo largo de 3.300 millones de años luz que contradice el Principio Cosmológico. Una estructura que se sumaba a otras que tampoco encajan con dicho Principio y que, en su rebeldía, conceden una esperanza que, paradójicamente, nace de no tener ni idea.

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