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Flechas

Se podría pensar que el amor por Río está a punto de ser desgraciado, si la desgracia no hubiera estado presente desde el principio. Es el amor por un sitio caliente, ardiente, cuyo fuego a veces, además de quemar, hiela. Ciudad maravillosa, Lisboa tropical, donde también es posible la felicidad absoluta. En su manifestación más intensa y simple: la de ‘estar’, de estar allí.

Esos fumigadores de la fotografía no le están diciendo al sambódromo nada que el sambódromo ignore: se lo han cantado ya miles de sambas, que conocen la tristeza que hay en la felicidad y la felicidad que hay en la tristeza. El milagro de la alegría brasileña es ese: no es una alegría que reprima la tristeza, que la silencie, que la sepulte; lo que hace es integrarla. Por eso el lazo de su música es ideal para rescatar melancólicos.

Aunque no siempre funciona. He leído en ‘Varados en Río’, de Javier Montes, entre otras historias, la de los años sin alegría que pasó en Río nuestra Rosa Chacel. Vivía en un duodécimo piso de Copacabana, ajena en sus exilios, mientras en apartamentos vecinos (como el famoso de Nara Leão) y en los bares de los bajos estaba naciendo la bossa nova.

El nombre completo de la ciudad es São Sebastião do Río de Janeiro, y de las flechas del santo se han servido los músicos para simbolizar sus heridas. El gran Chico Buarque habla en ‘Estação derradeira’ de San Sebastián ‘crivado’, acribillado. Y Moacyr Luz hace en ‘Saudades da Guanabara’ este llamamiento conmovedor: “Brasil, tira as flechas do peito do meu Padroeiro / que São Sebastião do Rio de Janeiro / ainda pode se salvar”. Brasil, quita las flechas del pecho de mi patrono, que San Sebastián de Río de Janeiro aún se puede salvar.

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