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Flechazo electoral

"Del odio al amor sólo hay una campaña electoral"

Foto: Juanjo Martin | EFE

Del amor al odio hay un poso, un sedimento de rencor. Pero del odio al amor sólo hay una campaña electoral. Albert Rivera, que dice ser “un hombre de acción” —¡un action man!—, ha presentido la caída del otoño y ha dejado atrás el orgullo estival. Uno es lo que es hasta que empieza a ser lo que puede. Herido por el flechazo de la encuesta, donde en Sánchez veía al sedicioso “líder de la banda”, ahora ve a un apuesto pretendiente constitucionalista a quien cortejar afrancesadamente, como si fuera la mofeta Pepe Le Pew. Ya lo cantaba Mecano: “La fuerza del destino / nos hizo repetir, / que si el invierno viene frío / quiero estar junto a ti”. Quién no ha suplicado amor al amante después de haberle declarado su odio. La alternancia también es esto.

En el amor y en la política, por encima del miedo al ridículo está el miedo al aislamiento. Lo apuntó Fromm: cualquier costumbre o creencia, por más absurda o degradante que sea, siempre que logre unir al individuo con los demás, constituye un refugio contra lo que el hombre teme con mayor intensidad: la marginación. Hay un capítulo de Black Mirror en el que un jefe de Gobierno se enfrenta a una peculiar petición de rescate: si quiere salvar la vida de la princesa, deberá copular con un puerco. Dirán las feministas que lo de hacérselo con un cerdo es el pan suyo de cada día, pero el mandatario tenía que fornicar con un marrano de verdad y retransmitir la cochinada para la nación. Se enfrentaba a la disyuntiva entre salvar una vida o salvar su dignidad. Al final accede y su popularidad se dispara. Lo que parecía un acto humillante del que no se podría recuperar, se torna su mejor baza para la reelección.

La sentencia peroniana del viaje sin regreso que supone el ridículo para el político ha quedado aniquilada. Los políticos han elaborado un manual de resistencia que para sí quisieran las cucarachas. No importan los escobazos que reciban, los insultos, los aspavientos de desagrado… se escurren con grimosa rapidez por las ranuras del oportunismo. En este eterno retorno electoral, tanto se ha asociado el epíteto ridículo al candidato, que la sociedad no espera de la clase política ya otra cosa que la autoparodia. A los partidos sólo les faltan nombres risibles ad hoc, como los de los grupos de la Movida. El límite entre lo que se espera y lo que es ha quedado, pues, difuminado. Si todo es ridículo —y todo lo es, escribió Thomas Bernhard, si se piensa en la muerte— nada lo es, porque cuando se vuelve costumbre deja de serlo. Nos reíamos de Marichalar subido a su patinete, pero hoy cruzamos la ciudad como si fuéramos Marty McFly.

En esta sociedad sobreexpuesta, hacer el ridículo ha dejado de ser una extravagancia subversiva para convertirse en una bufonada uniformizante. Con el descorche de la champaña electoral, volverán los candidatos a cantar y a bailar en televisión. Y cuando escuchen la palabra “bochorno” les ocurrirá lo que a mí: creerán que los saludan en italiano.

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