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"Uno se pregunta si las críticas de los artistas y sus asociaciones deben ir en contra del Ministerio de Cultura o deberían mirar hacia las políticas culturales de sus autonomías y municipios"

Foto: Kiko Huesca | EFE

Una de las cosas que ha demostrado la crisis del COVID-19 es que parece más estructurado y asimilado el Estado de las autonomías que cualquier recentralización por motivos de urgencia. Se ha visto en los comunicados contradictorios, en la dificultad para hacer llegar material sanitario después de requisarlo, en la lenta y tranquila, pero progresiva, rebeldía —de palabra que no de acción, ahí ha habido lealtad— de los gobiernos autonómicos frente a algunas de las medidas del Gobierno central. Efectivamente: hace años que casi todos los poderes del Estado —y lo más importante: sus presupuestos— están transferidos a las autonomías y eso se ha percibido con claridad durante la crisis sanitaria. Han faltado engrase y juego de cintura. Pero lo que ha sido evidente es que la magnitud de la tragedia parecía venirle más grande al Gobierno central que a los gobiernos de andar por casa, que es territorio más pequeño y conocido y donde todo está más a mano. Y eso que se tomó el camino del mando único porque sus efectos debían de ser coherentes y más efectivos que en la dispersión y evitar así una babel sanitaria que aumentara las consecuencias del mal. Y se cometieron errores, entre otros, de pensar solo en continental y no en insular, o de primar las medidas técnicas sobre las culturales de cada sociedad, cuando una combinación entre ambas habría resultado óptima. Quizá no era momento de sutilidades.

Desde luego no lo fue para el ministro de Cultura, que hizo unas patosas —por innecesarias— declaraciones que pusieron en pie de guerra a una parte —grande o pequeña, no lo sé— del ramo. La más belicosa colectivamente: actores y arte contemporáneo. Su activismo habitual —que a menudo les hace usurpar un papel que dudo que les corresponda— es algo que pone nervioso a los Gobiernos y ellos lo saben. Los primeros intentan contentarlos y los segundos no cesan en sus exigencias, echando mano de la crítica más implacable —la que nunca querrían para ellos, que también se exponen al público— si es necesario. Es una vieja dialéctica que parece no tener solución y en la que ambos lados establecen una tensa relación especular, salpicada de esporádicos conatos de luna de miel que suelen coincidir con las épocas electorales. Nada nuevo: busquen en Shakespeare.

Ahora bien: cuando uno oye la expresión "ministro de Cultura" y piensa en el Estado de las autonomías, inmediatamente se pregunta qué hace ese ministerio y si debería continuar existiendo o ha caducado. No estoy hablando del desguace que desean los que consideran el país un territorio a cuartear, sino de que cada cosa —las pocas que quedan a cargo del ministerio— se administrara por la comunidad donde se encuentra, algo que ya se hace en muchos sitios. Lo mío ni es furor autonomista ni demanda administrativa, sino una observación, visto lo visto, más o menos pertinente, me parece. Basta ver la deriva de este ministerio, en manos socialistas, desde que el presidente Zapatero le dijo a César Antonio Molina que necesitaba a alguien con gancho mediático en el star-system. Y le habló de cantantes, actores y en fin. Después vino que si González Sinde, que si Màxim Huerta, que si este señor que no recuerdo cómo se llama, que tendrá lo que sea, pero gancho estelar ninguno: ni mediático, ni cultural. (Como no recuerdo tampoco quiénes fueron los ministros del ramo de los Gobiernos de Rajoy). No sé, quizá sea ésta la forma tácita de anunciar la extinción de un ministerio casi extinto de un país donde la cultura es como la falsa moneda que de mano en mano va y todo lo más sirve de cursilería en la derecha —sigo con las manos— y de objeto arrojadizo y anatema en la izquierda.

Por eso uno se pregunta —por mucha declaración inoportuna del ministro que haya— si las críticas de los artistas y sus asociaciones deben ir en contra del Ministerio de Cultura, tan adelgazado y débil, o deberían mirar —en caso de ponerse díscolos— hacia las políticas culturales de sus autonomías y municipios respectivos. Hablo de números y de soluciones posibles. El ruido sería menor, claro, pero la diana parece que sería la más correcta. No éramos Francia —donde la cultura también estructura el Estado— y en 40 años de democracia tampoco hemos conseguido ser ni su sombra. Aquí la cultura no es como el vino, sino que sigue siendo —en lo público y a veces en lo privado— un adorno, una muleta coyuntural, un entretenimiento que viste, un instrumento capcioso, un colectivo al que más vale tener apaciguado que levantisco. Pero en el fragor de la peste de 2020, las declaraciones de su ministro, aunque hubieran sido satisfactorias para actores y artistas, sobraban. Quiero decir que a la evolución del virus —lo verdaderamente importante— le importaban un bledo. Tanto el ministro como sus enfurecidos críticos.

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