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Flores en el estercolero

Como la foto que ilustra el artículo: la inmensidad del desierto castaño y cobrizo de Margham al sur de Dubai y sobre él, un globo iluminado gracias a los tibios rayos del amanecer que está por llegar.

La flor del loto nace (y crece) en el fango; desde el lodo más hediondo hasta la pureza de sus pétalos albinos. Sobre esta metáfora tan pueril («las flores más bellas crecen en el barro») han surfeado cientos de libros baratos, declaraciones en carpetas adolescentes, canciones de Nirvana, aforismos en el lomo de la Elle o aquella bonita secuencia de la bolsa de plástico sobre las hojas crujientes del otoño y la pared de ladrillo caravista.

Cliché —quizá. Como la foto que ilustra el artículo: la inmensidad del desierto castaño y cobrizo de Margham al sur de Dubai y sobre él, un globo iluminado gracias a los tibios rayos del amanecer que está por llegar. La belleza incandescente de lo posible —es decir, de la inocencia, surcando un planeta (el nuestro) enfangado en lodo, detritos, decadencia e hijos de puta. Flores en el estercolero; como la secuencia de Sam Mendes o aquel capítulo del Dr. Manhattan caminando sobre el planeta Marte castaño y cobrizo de Alan Moore. Como Screamadelica de Primal Scream o Hatful Of Hollow de The Smiths, el arranque de En Busca del Arca Perdida o la secuencia final de Dublineses, de John Huston. Los relojes mecánicos, los viajes de ida o el roce inesperado de una mano que (aún) no es tuya. Como Substance de Jacques Selosse o aquellos amontillados viejos de la bodega Misericordia, como saber que (lo sé) volveré a verte. Vivimos rodeados de mierda, pero aún nos quedan globos a los que subir.

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