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Francisco, el primer papa que afirmó que Jesús hizo el bobo

Reconozco que me cae bien el papa Francisco. ¿Cómo podría no hacerlo un hombre tan dicharachero, tan paternal? En un mundo repleto de gritos, es reconfortante contar con un líder como él, tan bienhumorado (o, al menos, bienhumorado hasta que le mencionas el liberalismo, que parece ser de las pocas cosas que le excitan cierta agresividad). Me imagino perfectamente a Jorge Bergoglio como un buen cura de mi parroquia, alguien con quien sentarte a tomar pastas en torno a las faldillas de la camilla mientras el invierno castellano, fuera, arrecia, enciende un poco el brasero, Jorge, anda.

No soy el único al que cae bien el papa Francisco: los medios de comunicación, en general, se están mostrando encantados con alguien así. Hay varios motivos para ello. Quizá el principal es que Francisco se lo pone muy fácil a los periodistas. Atrás quedaron ya los tiempos del anterior papa, el intelectual ¡y alemán! Ratzinger, quien escribía sesudos tratados que exigían al periodista conocimientos algo más que modestos si deseaba captar sus verdaderas implicaciones. Francisco es mucho más simple. Lo que dice suele ser tan sencillo que no necesitamos periodista alguno que lo interprete. Solo hace falta que el periodista se suba a un avión con él y luego nos cuente lo que ha dicho Francisco, entre bromas y veras. Abre un poco la escotilla, Jorge, mira, las nubes, qué bonitas desde aquí arribota.

Esta benevolencia de la prensa hacia el papa Francisco es quizá lo que explica que pasen desapercibidos para el gran público varios de sus deslices. Uno de los más curiosos, a mi juicio, sucedió en junio pasado, durante su discurso a los sacerdotes de Roma en Letrán. El papa estaba narrando el episodio de Jesús y la adúltera; ese episodio que hoy la mayoría conocen seguramente por la versión que de ello hicieron los Monty Python, ya saben: unos cuantos paisanos llevan ante Jesús a una mujer acusada de adulterio y le preguntan si deben, como dice la ley, apedrearla hasta que muera. Se trata de una de esas situaciones peliagudas en que los haters de Jesús consiguen ponerle en una disyuntiva en que, diga lo que diga, parece que saldrá perjudicado. Si dice que hay que apedrear a la mujer, perderá el halo de hombre amoroso que le rodea. Si niega, en cambio, que haya que hacerlo, quedará como un pretencioso que aspira a ponerse incluso por encima de la ley de Moisés.

Quienes sepan de la Biblia algo más allá de lo que nos narraron los Monty Python ya conocen la astucia con que Jesús se libró de tal tesitura: sin negar la ley de Moisés, invitó a que empezara a lapidar aquel que no tuviera pecado alguno en su conciencia. Y en el siglo I, como en el XXI, parece que eso de ponerse a ser el primero imponía un tanto: nadie se lanzó. Ahora bien, justo antes de salir así del entuerto, cuentan los evangelios que Jesús se puso a escribir cosas en el suelo, como alejándose un poco de toda la barahúnda. Es un momento que ha dado lugar a todo tipo de especulaciones pues se trata, que sepamos, de lo único que Jesús escribió jamás. Y, al hacerlo en el polvo de la tierra, quedó para siempre perdido. ¿Qué contaría?

Ahora bien, toda esta explicación que he dado, naturalmente, el papa no necesitó dársela a los curas romanos a los que hablaba en junio pasado: la conocen de sobra. Lo que sucedió aquel día fue que Francisco, al describir la actitud de Jesús mientras escribe en el suelo y tarda en responder a sus interrogadores, dijo, literalmente, que “Jesús hace un poco el bobo” (“Gesù fa un po’ lo scemo”). Es una expresión que en italiano suena tan mal como en castellano: de hecho, en la publicación posterior de ese discurso, se han corregido púdicamente sus palabras, dejándolas en algo más leve: “Jesús finge hacer un poco el tonto” (“Gesù fa un po’ il finto tonto”).

Se trata, sin duda, de una anécdota que no va más allá de lo cómico: resulta gracioso oír a un papa decir que Jesús hizo el bobo, cuando seguramente está lejos de su intención mostrarse tan irreverente. Tal vez se deba solo a las prisas del momento, tal vez a que su italiano no siempre es excelente (aunque yo, que viví en Roma la cuarta parte de lo que lleva el papa, pronto capté lo poco conveniente que era decirle a la gente que hacía el bobo). Con todo y con eso, lo que me llama la atención es el silencio periodístico ante la anécdota. Imaginemos, tan solo, que alguien como Rajoy hubiese sufrido el traspiés de afirmar que los padres de la Constitución española “hicieron el bobo”; pongámonos en que alguien como Trump hubiese soltado que Abraham Lincoln hizo bobadas. Todos sabemos el bombo periodístico que se le habría dado a esos tropiezos. Las risitas, las insinuaciones de chochez. Pero el papa Francisco cae bien y los periodistas, bondadosos, se perdieron los numerosos clics que obtendría una noticia de ese tipo, bienvenido sea tan noble sacrificio.

Sin embargo, no estaría mal que algún día los periodistas hicieran un esfuerzo por superar sus filias personales y empezaran a contarnos con rigor algo más que cuán simpaticote es el papa. Que se extendieran, por ejemplo, sobre el hecho de que el papa está convencido de que la categoría de “pueblo” es una categoría “mística”: así lo expresó hace un año, al volver de México. Ya antes, durante sus muchos viajes de la segunda mitad de 2015, Francisco pronunció esa palabra mística, “pueblo”, en un total de 356 ocasiones, mientras que solo usó 73 la palabra “libertad” y 10 la palabra “democracia”. Dicho más claramente: Francisco es un populista, no en el sentido banal de que le guste caer bien al pueblo (¿a qué líder no?, o, mejor dicho, ¿a qué líder, si exceptuamos a Aznar, no?). Francisco es un populista porque cree que el pueblo debe ser la categoría política clave, y no la defensa de las libertades del individuo frente a la masa, por ejemplo, o la división de poderes.

Esto resulta patente si se echan algunos vistazos a las obras que escribió ya antes de llegar al pontificado; vistazos, por cierto, en que no resultaría tampoco inútil que nuestros periodistas se prodigaran. Tomemos por caso su conferencia de 1985 en la ciudad argentina de Mendoza, recientemente vuelta a publicar sin ningún tipo de enmienda o aclaración. Ahí abundan los improperios a John Locke, padre de las democracias liberales hoy en día más exitosas: Bergoglio le acusa de cosas como “legitimar la lógica del dominio”, “excluir al pueblo de la sociedad” o (mi favorita) “ser cruel”. Todo ello, a su juicio, justifica plenamente que luego se produzcan rebeliones del proletariado: “El marxismo es un hijo obligado del liberalismo”. Se trata, en suma, de afirmaciones apresuradas y de trazo grueso que no le permitirían al papa obtener demasiada buena nota en ningún examen de Filosofía política, pero que harían las delicias de cualquier mitin comunista de barrio.

Y mientras Francisco nos cuenta el misticismo que le embarga con solo pensar en “el pueblo”, y lo crueles que le parecemos quienes, con Locke pero también con Ibsen, pensamos que más vale la libertad de un hombre que la presunta “salvación” de todo un pueblo (Jn 18:14), ¿qué ocurre en la iglesia católica? Pues de nuevo ahí son un tanto mejorables las cosas que nos cuentan esos nuestros periodistas europeos a los que el papa cae tan bien. Por ejemplo, un estudio de Datafolha acaba de revelar que en Brasil el porcentaje de católicos ha bajado del 60 %, hace dos años, a solo un 50 % ahora. El dato es importante no solo por lo brusco de la caída en tan corto período, sino porque Brasil es el país del mundo con mayor número de católicos y porque pertenece a esa Latinoamérica de la cual viene el papa, luego presuntamente debería verse ahora mejor reflejada en la iglesia católica. No parece ser así. Y aunque echar toda la culpa de ello a Bergoglio resultaría sin duda exagerado, tampoco parece sensato pensar que, como máximo responsable de su iglesia, no tenga él nada que ver.

Al fin y al cabo, cuando a un populista le da la espalda tan deprisa el místico pueblo, quizá ese populista debería tener también algún tipo de experiencia mística que le sugiriera que tal vez anda desencaminado, cabe aventurar.

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