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Frank Underwood como profesor de Ética

Cuando asevero, como suelo, que el despiadado protagonista de la serie televisiva House of Cards, Frank Underwood, es un excelente profesor de Ética, algunos interpretan tal afirmación como una simple ocurrencia extravagante; otros piensan que cuanto trato de decir es que ese personaje nos sirve, como contramodelo, para enseñarnos precisamente lo que no se debería nunca jamás hacer. Yerran tanto unos como otros, empero. A pesar de la moda que se está asentando de ver la Ética como un conjunto de pías recomendaciones biempensantes, paulocoelhoescas y, naturalmente, socialdemócratas (hay mucha gente que una vez que ha expulsado a los curas de su vida pretende que los profes de Ética vengamos a sustituirles, a lo laico, en pareja función moralizante), lo cierto es que el saber ético por el cual ejecutaron hace 2.415 años a Sócrates tiene poco que ver con halagar nuestras meras opiniones sobre el mal o el bien. Y mucho con desafiarlas.

Por eso uno puede imaginar perfectamente a Frank Underwood como firmante de uno de los últimos artículos publicados en la revista Nature y que bien que desafía nuestras ideas bondadosas sobre lo que significa la “indignación moral”. En efecto, lo que ese estudio muestra es que la gente que “se indigna” ante la falta de moralidad de los demás normalmente obtiene grandes beneficios, a la larga, de tal “indignación”: el resto de la sociedad tiende a verlos como más fiables, o más morales, o simplemente se complace en recompensarles luego de algún modo el hecho de que velen, desde la atalaya de su indignación moral, por el Bien de todos. “Indignarse moralmente” no es, pues, solo una pesada carga que acarrean espíritus éticamente sensibles, apesadumbrados ante el mal que les rodea; sino que resulta un mecanismo evolutivo muy rentable para que ciertas personas, los “indignados”, triunfen a su manera en sociedad. La idea no es del todo nueva: Nietzsche ya nos advirtió de lo provechoso que les es a muchos ponerse moralistas; pero por primera vez recibe una corroboración científica tan sólida.

No nos consta que ninguno de los cuatro autores de ese estudio científico sea español; mas si lo fuera habría debido soportar en los últimos años la cantilena constante de numerosos “indignados” (hasta el punto de que esta es una de las palabras del español que ya se conocen de manera generalizada en el extranjero, junto con “fiesta”, “siesta” y “paella”). Tras años indignándose estentóreos, algunos de esos indignados se sientan hoy en día en concejalías, alcaldías o escaños del Congreso de los Diputados: de modo que su indignación, como bien prevé el reciente artículo de Nature, ha venido a serles harto proficua. Frank Underwood les contemplaría con una sonrisa condescendiente. Menos condescendiente, sin embargo, que la que nos dedicaría a nosotros sus votantes. Nosotros, que hemos aupado a esos indignados profesionales a nuestros puestos de mando sin cerciorarnos antes de si serán capaces de realizar lo único loable que cabe hacer ante lo moralmente indignante. Que no es indignarse, sino resolverlo.

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