Enrique García-Máiquez

Frenético

"El nerviosismo del Gobierno ha venido a demostrar irrefutablemente que las caceroladas no le benefician en nada"

Opinión

Frenético
Foto: Fernando Villar
Enrique García-Máiquez

Enrique García-Máiquez

Profesor, poeta, columnista, crítico, traductor, provinciano, aforista, diarista. Todo junto y demasiado revuelto.

La actualidad corre tanto que me pisa los talones y me pisotea las ideas para el artículo. Pensaba hacer aquí una diletante tipología del pijo o del cayetano, para acabar concluyendo, después de algunas vueltas histórico-lúdicas, que es natural que el pobre proteste contra el Gobierno de Sánchez. A ver, el pijo es alguien de clase media-alta (más media que alta) tan consciente de su condición como entregado, en la estética y con el esfuerzo, a mantenerla y a mejorarla. Por su actitud de combate y de pertenencia, se viste con cierto uniforme bien reconocible. Negarle al pijo el derecho a la resistencia frente a este Gobierno, es negarle la legítima defensa o algo todavía más elemental: el instinto de supervivencia. El hecho de que se proteste con cacerolas tiene una clara lectura freudiana: estamos hablando de cosas básicas del comer.

Sin embargo, las manifestaciones y protestas se han extendido tanto por todas partes a tal velocidad que ya la bromita denigratoria del pijo ha dejado de gastarse incluso por Echenique. Resignado, guardé para mejor ocasión mi taxonomía, mi etología y mi apología, y me apresté a contestar a los que sostienen que estos movimientos de protesta callejera benefician al Gobierno una barbaridad. Todo lo que haga la derecha beneficia siempre al contrario: produce nacionalistas, crispa, alienta revolucionarios, da votos a Sánchez o al PNV, etc. “Ya, ya”, quería decirles yo, oponiéndoles el efecto despertador de la cacerolada sobre tanta conciencia adormecida y la segura repercusión internacional que tendrán, habida cuenta de su fotogenia y su folclórica acústica.

Pero la actualidad ha vuelto a chafarme el artículo. El nerviosismo del Gobierno ha venido a demostrar irrefutablemente que las caceroladas no le benefician en nada. Este Ejecutivo especializado en contradecirse ha alcanzado una nueva cota: ha condenado los escraches a la vez que su vicepresidente amenazaba con escraches. Lo sustancial, sin embargo, es que el ministro del Interior ha cuestionado la legalidad de las protestas y ha instado a buscar a los promotores para exigirles responsabilidades penales.

Han dado, por tanto, pasos de gigante hacia la intimidación. Y aquí he alcanzado yo al fin a la esquiva actualidad (aunque no sé cómo estará la cosa para cuando usted me lea). Veo dos posibles salidas. Que la acción transversal del Gobierno (presión de baja intensidad de la policía a los manifestantes, sesudas críticas de sus agentes mediáticos, aspavientos airados de Pablo Iglesias, amenazas legales de Marlaska…) terminen doblegando el ánimo de la población crítica. Eso demostraría dos extremos: la deriva autoritaria del Gobierno y la facilidad con que va sacando adelante su agenda. La segunda posibilidad es que la gente se los tome como el pito del sereno, y sigan machacando las cacerolas. Es lo que le faltaba a Sánchez, que no ha controlado la crisis sanitaria ni a sus socios de investidura: una desautorización masiva cada tarde a las nueve.

Como tengo confianza en el componente indómito del pueblo español y su querencia a la libertad, yo apuesto por esta posibilidad. Pero el Gobierno parece que ha descartado la salida maquiavélica de anticiparse a ella disimuladamente. ¿O acaso no podría bajar la presión social relajando mucho el estado de alarma? Como no lo hace, parece que confía en ganar el pulso, aunque yo sospecho que el verdadera verdadero motivo es mucho más inquietante e importante, más desesperado y frenético. Gobiernan con la espada de Damocles de la crisis económica que está al caer. Para cuando caiga, necesitarán más que nada tener controlada a la población sin resquicios ni puntos débiles. Están corriendo en realidad una contrarreloj.

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