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Opiniones libres de algoritmos

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Frente al imperio del yo

Foto: Thomas White | Reuters/Archivo

Hace ya unos cuantos años, el escritor mexicano Ricardo Cayuela comentó que España había pasado de la precariedad a la posmodernidad. Más que un proceso fue un salto brusco con múltiples repercusiones en la esfera pública. Sé que tratar de pintar un paisaje con brocha gorda siempre arroja una imagen artificial, pero no tenemos otro modo. Nos movemos en la rueda de lo novedoso y no logramos escapar de los lugares comunes de una modernidad que ya ni siquiera se reconoce post. Fíjense en los autores más citados, van y vienen sin demasiado orden o sentido. Queremos mencionar a la penúltima luminaria y demostrar que estamos atentos al cambio. Pero, como señalaba recientemente Daniel Capó, no hay nada más antiguo que un cóctel de ideas modernas. Y añadiría que, como tal, estas ideas se legitiman por sí mismas por el mero hecho de serlo.

Cuento esto porque ya no leemos a clásicos como Martin Buber. O quizá no los hayamos leído nunca. Para la mayoría este apellido no significará demasiado: como judío hablaba de Dios, como intelectual se consideró un sionista cultural (la definición es suya) y políticamente coqueteó con las ideas anarquistas. No es un perfil demasiado afín para el espíritu de nuestro tiempo. Con todo, acercarnos a su contradictoria obra nos ayudará a comprender algunos de las transformaciones del mundo actual. Al menos, un poco mejor. Y es que hemos asistido impasibles al lento envenenamiento de las redes sociales con polémicas artificiales amplificadas por los medios de comunicación y las rutinarias faltas de respeto entre usuarios enfrentados por las más mínimas minucias. Aunque nacieron para conectarnos, nos orientan hacia castillos ideológicos que nos defienden en una batalla de trincheras, que se construyen en el anonimato y la búsqueda del aplauso fácil y la distancia virtual. Hagan la prueba de meter en el buscador cualquier insulto y la lista de mensajes será inabarcable. Éste es el prolífico humus digital que alimenta la cotidianidad política en los cuatro costados del planeta. Mejor cambien el verbo alimentar por empobrecer.

Buber vivió mucho antes de que apareciese el primer ordenador personal, aunque eso importa poco en un mundo en el que los problemas solamente cambian de contexto. En el tenso período de entreguerras, y aquí la temporalización no es baladí, publicó Yo y tú (1923), que resumía una vivaz antropología filosófica a partir de las relaciones básicas que establecemos con la naturaleza, con los otros y con Dios. La idea central era tan sencilla como genial: frente al imperio del yo siempre habrá un tú previo. Para Buber, la relación con los otros es tan fundamental como ambigua.  Necesitamos de los demás, aunque esta relación puede quedarse en la esfera del ello. Y esto es un peligro para la entendimiento. Lo descubrimos constantemente. No son pocos los que se relacionan con los demás como si estos fueran meros objetos a través de los cuales pueden afianzar su pretensión de dominio, nutrir a sus intereses más espurios o reconocer a la persona que tenemos delante por su utilidad.

Para Buber, el hombre moderno que, en ese momento, vivía inmerso en la sociedad industrializada, se encontraba aislado, social y cósmicamente. Lo que le inducía a buscar su lugar en el mundo dentro de las colectividades y, paradójicamente, terminaba por sepultar su identidad personal. Ni mucho menos soy tan pesimista, aunque no creo que este toque de atención deba caer en saco roto. En la relación con un tú, que nos interpela constantemente, descubrimos que la del encuentro es una de la dimensiones más esenciales de nuestra naturaleza. La relación con un tú no es una relación cualquiera. Negar al otro, en el fondo, es negarnos a nosotros mismos. Ni la realidad, ni las personas son domesticables. Los demás son un otro legítimo por sí mismo, en toda su singularidad, y necesitamos aprender a convivir entre nosotros sin caer en la manipulación y dominación. Esta es una de las claves para pensar la dimensión dialógica de la política que nos permite responder a los enmarañados desafíos de todo tipo de relaciones interpersonales.

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