Jordi Bernal

Frío

«Le Carré es un descreído que mantiene una endeble esperanza por sus semejantes. Sobre todo si son humildes y pisoteados por esas grandes maquinarias de poder y gloria llamados estados»

Opinión

Frío
Foto: Sang Tan| AP Images
Jordi Bernal

Jordi Bernal

Periodista a su pesar y merodeador de librerías y cines. Autor del libro de crónicas Viajando con ciutadans (Ed. Triacastela, 2015)

A diferencia del género negro, que me lo zampo todo, en el subgénero espías prefiero el cine a la literatura. Me sumerjo en el submundo de esos personajes inasibles que más que protagonizar aventuras heroicas son arrastrados por el torbellino de una historia turbia que nada tiene que ver con las hazañas oficiales. A Le Carré, como a Graham Greene, el cine lo trató bien porque ciertos atributos cinematográficos estaban ya en su prosa. El ritmo narrativo, la presentación dialogada de los personajes, la trama tensa y bien trazada fueron algunas de las cualidades de su obra que debían mucho al cine y que luego respetarían sus adaptaciones para la gran pantalla. Me quedo, sobre todo, con Llamada para un muerto (Sidney Lumet), El espía que surgió del frío (Martin Ritt) y El Topo (Tomas Alfedson). Menor, pero con interés, La casa Rusia (Fred Schepisi), con el personaje de Barley Scott Blair (Sean Connery) que abomina entre trago y trago de whisky de todas las patrañas patrioteras que se inventan esa panda de burócratas que no hacen otra cosa que mantener viva la gran farsa de la Guerra Fría.

Al igual que Greene, le Carré es un descreído que mantiene una endeble esperanza por sus semejantes. Sobre todo si son humildes y pisoteados por esas grandes maquinarias de poder y gloria llamados estados. En su caso fue el decrépito Imperio inglés en su condición de mayordomo del primo yanqui. También repartió estopa al gran policía planetario y a las multinacionales en tierras africanas. Pero todo esa realidad parecía mucho más artificial y folletinesca, como la red de traficantes de armas de El Infiltrado. Aldabonazos bien remunerados al calor del brandy aristocrático y la chimenea crepitante.

Lo que de verdad supo contar vívidamente fue el frío que flageló un siglo brutal pero también apasionante. Un siglo que ya se nos fue, y con él aquellos que con sus obras nos hicieron menos inhóspitos estos tiempos de mediocridad miserable.

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