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Fuerza de arrastre

Foto: Jesús Narvaiza | EFE

La masa como sujeto no es un fenómeno nuevo. En los últimos meses en toda España la idea de la masa como sujeto se ha combinado con una creciente percepción de la política como proyección de nuestras neurosis y obsesiones personales. Esto ha creado una situación aparentemente paradójica: la masa tiene sobre el papel una aspiración colectiva, pero en la práctica se convierte en un depósito de emociones individuales y en una celebración de sí misma: viva nosotros. La masa siempre proporciona una sensación de pertenencia y provoca euforia. Pero históricamente esto ha sido un efecto secundario. Ahora da la sensación de que es el objetivo principal: la búsqueda de la “felicidad política”, la contemplación de uno mismo y de la “sororidad” (en el caso de la manifestación feminista).

Salir a la calle es un fin en sí mismo. Construimos hombres de paja y enemigos imaginarios para justificarlo. Tras la muerte del senegalés Mmame Mbage en Lavapiés, una turba salió a la calle a denunciar el racismo institucional y la violencia policial, a pesar de que su muerte por infarto no tuvo que ver con una persecución policial. El independentismo sale a la calle casi a diario, a veces como reacción a acciones judiciales contra el procés, pero otras veces simplemente como rutina (“Las calles serán siempre nuestras”, gritan). En Cataluña ha surgido un tipo de manifestante “experto”, cuya expresión extrema son los Comités de Defensa de la República, o CDRs, que defienden una república inexistente con acciones como boicotear los peajes de autopistas para “dejar de obedecer a los carceleros del 155”. Es una protesta de una clase media burguesa con estética kale borroka.

A menudo la principal función de algunas manifestaciones es llamar la atención: estamos aquí y queremos que se nos oiga. La masa sigue siendo para muchos la única manera que tiene la ciudadanía de visibilizarse, de hacerse ver. Es como un recordatorio de la democracia. Si no nos vemos rodeados de toda esta gente nos olvidamos de nuestro poder. Pero no tiene grandes misiones colectivas (y quizá es mejor: a menudo desembocan en linchamientos y venganzas).

Como escribe Peter Sloterdijk en El desprecio de las masas, “La masa posmoderna es una masa carente de potencial alguno, una suma de microanarquismos y soledades que apenas recuerda ya a la época en la que ella -excitada y conducida hacia sí misma a través de sus portavoces y secretarios generales- debía y quería hacer historia en virtud de su condición de colectivo preñado de expresividad.”

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