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Fútbol en era Trump

Ser sin fútbol es la nada y lo más parecido a un contradiós. Ser sin fútbol contraviene las más elementales normas de civismo y convivencia y hasta de decencia. Un domingo sin transistor y sin bengalas es un domingo perdido. Podíamos hacer de los domingos sin fútbol una magdalena proustiana, y recordar y recordarnos en ese domingo sin fútbol donde echamos a perder el matrimonio por empezar a hablar del Romanticismo alemán. A la clase media sólo nos queda embravarnos con unas siglas que no son siglas, sino rayas: rayas en la elástica, en el césped, en el agua. El fútbol y Pepe Domingo existen para mantener en el domingo esa conciencia de lunes que diría el poeta Gil de Biedma. Me decía el otro día el gran Manuel Alcántara que el boxeo es el único deporte al que no se juega: yo le respondí que a quien se evade del fútbol, todo lo humano le viene siendo ajeno.

Claro que quien ha visto mucho fútbol sabe de primera mano que la industria del balón tiene miasmas que callar; que de Messi a Neymar todo da para una serie en Netflix entre narcos y tetas. A España tras el gol de Iniesta se le cayeron las creencias, las querencias y los anillos. Y sin embargo el fútbol está ahí, unificando un país a la hora de los estadios. El hombre es un ser de pasiones contrariadas, y en España los ultras ya no rugen lo que dicen que rugían. Y sin embargo sin bengalas y sin banderas, sin forofismo, lo que queda es una ópera de millonarios en pantalón corto. Al fútbol lo que es del fútbol. En el nuevo orden mundial de Trump van a imponernos el béisbol y las queridas. Resistiremos con los vinos de Iniesta y los muletazos de Ramos. Amén.

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