Gregorio Luri

El futuro de la arrogancia

Nos quedaba una lección política pendiente, la tercera. Se trata de la más elemental: El desánimo suele ser el futuro de la arrogancia

Opinión Actualizado:

El futuro de la arrogancia
Gregorio Luri

Gregorio Luri

Cuantos más años tengo, más resumo mi tarjeta de visitas. He elegido mi epitafio: “No se fue de ningún sitio sin pagar".

I

Cada generación viene a este mundo con una triple lección política que aprender de su propia experiencia: (1) que la historia tiene como misión amargar el entusiasmo; (2), que los partidos conservadores también se nutren de la necesidad de dar sentido político a esta amargura…

II

Mi generación, por ejemplo, aprendió dos lecciones importantes en Kundera y en Foucault.

Descubrió en Kundera que: «Los que piensan que los regímenes comunistas de Europa central son exclusivamente la creación de criminales dejan en la sombra una verdad fundamental: los regímenes criminales no han sido construidos por criminales, sino por entusiastas convencidos de haber descubierto la única vía al paraíso».

Y en Foucault, esta terrible falacia elevada por Althusser a categoría intelectual: “Si quieres oponerte a Stalin, no escuches a las víctimas; sólo contarán sus torturas. Relee a los teóricos; te dirán la verdad de lo verdadero».

III

En Estados Unidos, los yuppies de los ochenta se formaron en las revueltas de los 60 y en Francia los nouveaux philosophes crecieron a la sombra de Sartre.

IV

Hagamos memoria. Estados Unidos, el país vencedor en las dos guerras mundiales, parecía llegar a los 60 exhausto. Los profesores de las universidades se vieron obligados a justificar la legitimidad de su autoridad ante unos alumnos dispuestos a impugnar cualquier forma de jerarquía. En el transcurso de un debate en la Universidad de San Francisco sobre el papel de los intelectuales, un escritor irrelevante le gritó a Saul Bellow: «Eres una puñetera momia. No vales para nada. Eres un viejo, Bellow». Éste le contestó que no pensaba que la misión de la universidad fuera destruir la cultura. Para eso se necesitaba un partido nazi.

Herbert London ha descrito aquellos años de una manera que nos resulta inquietantemente familiar: “Parecía que una lógica orweliana se había infiltrado en el campus. Lo liberal se había convertido en reaccionario; las reglas eran vistas como instrumentos de dominación; la autoridad era ilegítima por definición; el anticomunismo era fascismo…”

Tras el asesinato de Martin Luther King, en 1968, estallaron violentos disturbios en todo el país. En Chicago, bandas descontroladas de negros se dedicaron a quemar lo que encontraban, incluyendo una clínica que proporcionaba asistencia gratuita a los niños negros. Murieron once personas, todas negras.

El movimiento yippie (Young International Party), decidió mostrarle al mundo su radicalidad convocando a la juventud a unas jornadas de protesta en Chicago. Durante varios días unos 10.000 jóvenes se enfrentaron por las calles de la ciudad a 20.000 efectivos de la policía y de la Guardia Nacional ante las cámaras de las televisiones. Queriendo ser aún más radicales, eligieron como candidato a la presidencia del país a Pigasus, un cerdo de 66 kilos.

El resultado inmediato de todo aquello fue que el candidato republicano, Richard M. Nixon, ganó las elecciones. A medio término, los promotores de la candidatura de Pigasus acabaron como accionistas de empresas de Silicon Valley. Hoy los estrategas de Trump están estudiando al detalle la campaña electoral de Nixon.

V

Hay una izquierda a la que le gusta actuar de manera estrafalaria y que después se lleva las manos a la cabeza porque los pobres votan a la derecha. Da por supuesto que los trabajadores saben exactamente quién defiende sus intereses y que actuarán instintivamente en consecuencia. Y tienen razón, porque ni los trabajadores defienden sólo intereses económicos ni está demostrado que la izquierda sea más eficaz reduciendo el paro que la derecha.

VI

La alcaldía de Minneapolis, donde murió George Floyd, ahogado por la rodilla de un policía, está en manos de los demócratas desde 1978. 

VII

Nos quedaba una lección política pendiente, la tercera. Se trata de la más elemental: El desánimo suele ser el futuro de la arrogancia

Más de este autor

Twitter en Pompeya

«Los arqueólogos han sacado a la luz más de 20.000 ‘graffiti’ -¡y los que aguardan!- que nos sorprenden por la familiar trivialidad que encontramos en ellos»

Opinión

Entre Ávila y Sócrates

«¿Son nuestros dioses los que nos dicen qué es lo bueno o es lo bueno lo que impone a los dioses lo que tienen que decir?»

Opinión

Más en El Subjetivo