Carlos Mayoral

Galdós, lecciones para el 10N

El país vive preso de líderes que no permiten voces críticas en su seno, que abominan de las opiniones contrarias, y que son incapaces de pactar un gobierno porque sus egos vuelan muy por encima del interés ciudadano

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Galdós, lecciones para el 10N
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Carlos Mayoral

Carlos Mayoral

Un sustantivo: juntaletras; y tres adjetivos: solotildista, machadiano, puntoycomista.

Mucho se hablará de Galdós el año próximo, cuando se cumpla un siglo de su fallecimiento. Se sucederán loas merecidísimas hacia su persona y hacia su obra, claro, esa colección novelística y dramática que trazó a fines del XIX uno de los picos más altos de la cordillera literaria castellana. Pero quizá no se hablará tanto de la faceta política del canario, un liberal convencido, que luchó por esa libertad del ser humano aun cuando los que enarbolaban la bandera del liberalismo se estrellaban una y otra vez contra el inevitable cainismo hispánico. Las líneas maestras del pensamiento político galdosista se reconocen claramente: el sistema está formado por una casta de parásitos que no buscan el beneficio del pueblo, de la polis, por hablar en términos etimológicos, sino que persiguen el bien propio y la merced de aquellas instituciones que históricamente han sostenido el régimen.

En este contexto, Galdós critica al estamento religioso desde sus primeras obras, cuando se decanta por la ciencia en el debate con la religión que planteó el positivismo, hasta las últimas, sobre todo en «Electra», una representación que casi acaba en guerra civil, y que le costó la cabeza a más de un gobernante y a más de un jesuita. También disparó con saña contra esa doble cara carlista-isabelina que tanta trinchera levantó en el país. A los primeros no les perdonaba su conservadurismo, representado en su relación con la iglesia («Lleva siempre la causa carlista tras sí el fanatismo eclesiástico […] y si le encuentra roto en pedazos, le da a beber el bálsamo de Fierabrás, y ya están dispuesto a batallar de nuevo»). Tampoco perdona tanto a sus contendientes isabelinos como a sus descendientes liberales que el país «no haya tenido un régimen liberal en un siglo»; y, habiéndose mostrado republicano de carné, terminó descreyendo de la república cuando hizo saltar por los aires la España del 73.

Al pisar el siglo XX, el escritor ya no creía en ningún arma política: ni en la restauración ni en el turnismo, ni en el socialismo ni en la monarquía. A esas alturas sólo la capacidad del hombre de a pie para resistir este parasitismo mantenía erguida su lucha. Por tanto, Galdós se presentó a la legislatura de 1910 para desafiar el dogma, para plantear dilemas reales, para meter al ciudadano en las cortes y sacar de allí al político. Pienso en él cuando veo los resultados de esta España de 2019 tendente al taifismo, a la insolidaridad, al egoísmo, que crece por los extremos y se asfixia por el centro. Hoy más que nunca el país vive preso de líderes que no permiten voces críticas en su seno, que abominan de las opiniones contrarias, y que son incapaces de pactar un gobierno porque sus egos vuelan muy por encima del interés ciudadano. Saben que, salvo resbalón táctico flagrante (alguno ha habido este 10-N), tienen una cuota de voto fija que no permite gobernar a nadie, pero que tampoco consigue que pierdan su escaño. Poco importa que sigamos anclados en unos presupuestos que no dan auxilio a las nuevas inquietudes sociales, las poltronas siguen ocupadas, y eso, me temo, es lo único que importa. Un siglo más tarde, es lo que tienen los genios, cuánta leña recoge el discurso de Galdós en este bosque.

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